LOS ASPECTOS DEL NAIPE

La Voz

OPINIÓN

LA PENÍNSULA / Eduardo Chamorro

30 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

América del Sur, Latinoamérica, Hispanoamérica o como se quiera decir la cosa y llamar al invento, es tierra abundante en traslados y transfiguraciones. Así, Montesinos, que fue charnela entre el poder y el delito, entre la política y el abigeato, vive ahora transfigurado en curiosa, entretenida bisagra entre Fujimori y Chávez. Éstos, Chávez y Fujimori, son, a su vez, figuras bien lubricadas en el traslado y la transfiguración. Salta a la vista: Fujimori se transfigura en japonés y, trasladado en el tiempo, mora ahora en el Japón. La pirueta de Chávez es, si cabe, más vistosa. Chávez se transfigura en Bolívar y se traslada al siglo XIX, época en la que la democracia tendía al uniforme, y la espada gustaba de sentirse napoleónica y, en ocasiones, bonapartista. La cosa no acaba en eso. Las trapisondas urdidas por el azar de la historia y el rigor de las conspiraciones tienden casi siempre a más, porque suelen desarrollarse en la conciencia de que si fueran a menos podrían verse devoradas por el rigor de la historia y el azar de las conspiraciones. Tales encrucijadas entre la historia -que nadie sabe a dónde va-, las conspiraciones -que nadie quiere saber de dónde vienen-, el rigor -que a veces no es otra cosa que el rigor del tuerto entre los ciegos- y el azar -que puede no ser otra cosa que el pacto más oportuno entre Dios y el Diablo-, apoyan siempre las teorías de que el destino puede ser la faceta menos oculta de una partida de naipes. Chávez aparece de repente ante las cámaras de televisión -recurso fundamental para todo este tipo de operetas uniformadas- y dice: «Le agarramos». Una vez sentada semejante manera de expresión, muy similar al grito del jugador de póker cuando consigue la trucha, queda claro ante la audiencia que el agarrado es Montesinos, ese tremebundo Fumanchú del Perú o Rasputín andino, como le llaman quienes tampoco dejan de ver los aspectos traslaticios y transfigurados del enjuague. Y Montesinos no se despinta del modo con que habla Chávez. Entregado al ministro peruano de Interior, no se le ocurrió otra cosa que decir: «Me tocó perder». O sea, que nada de dolor de corazón ni propósito de la enmienda ni de Cristo que lo fundó. Lo único que se le ocurre a este mequetrefe perverso que habrá de responder a 140 procesos judiciales es que le tocó perder. Como si le hubieran atrapado a la salida del garito donde tuvo lugar la timba en la que le vinieron mal dadas. Le acusan de abuso de autoridad, enriquecimiento ilícito y de asesinato y el tiparraco dice que le tocó perder.