XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS A TORRE VIXÍA
28 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Sólo la suerte, o la providencia de Dios, salvó la vida del general Justo Oreja, al que un terrorista quiso matar en la puerta de su casa. Por eso, aunque es normal la alegría que nos produce el fracaso parcial de este atentado, también hay que constatar que ETA sigue ahí, con toda su irracionalidad y dramatismo, buscando a todas horas su alimento de sangre. Aunque algunos quisieron demostrar lo contrario, es evidente que la actividad de ETA no depende de un determinado resultado electoral, ni de un acoso más o menos explícito a un cuerpo policial como la Ertzanza, que en ningún caso es peor que los que actuaron en Barcelona. Y de ahí se deriva la necesidad de prepararse para una estrategia de largo alcance en la que no caben concesiones a la argumentación simple, al enemigo equivocado o al interés político más o menos disimulado. Desde algunas perspectivas puede ser cierto que todos los atentados son iguales. Pero cuando se analizan los temas con profundidad política -pensando en sus causas y consecuencias y trabajando en sus soluciones- es evidente que el atentado de ayer es bastante diferente de los que sucedieron antes del 13 de mayo. Porque esta vez el estallido de la bomba no fue la señal de partida para la caza de Arzalluz ni del PNV, ni la ocasión para que todos los tertulianos desviasen sus baterías hacia la Ertzanta, ni la base argumental para discursos de baja estofa en los que se exhibe la piedra filosofal llamada a resolver el problema vasco. Al menos esta vez da la sensación de que sabemos distinguir el grave problema de ETA de la muy institucional y soluble crisis de la política vasca. Y aunque no seré yo quien caiga en el error de negarle al terrorismo su condición política, y por tanto compleja, creo que todo es más fácil cuando se evita la confusión de los términos que emponzoña la convivencia social y el funcionamiento de las instituciones. Desde la tregua para acá hemos cometido el error de facilitarle a ETA cómplices artificiales e inesperados, capaces de meter su estrategia y su presencia en todos los niveles políticos e institucionales del Estado. Hoy, en cambio, con la sóla excepción de Batasuna, es evidente que ETA juega sóla, fuera del sistema y en contra de toda la sociedad. Y, aunque eso no para las balas, nos pone ante un problema que ya tiene asideros por donde cogerlo. Si me hiciesen caso a mí, el próximo capítulo sería la distinción entre los batasunos, radicales políticos, y los etarras, radicales asesinos. Pero mientras se calienta el horno para ese bollo, que todo se andará, me alegra comprobar que ya no perdemos el tiempo corriendo sin tino detrás de Xabier Arzalluz.