TIEMPO DE EMIGRANTES

La Voz

OPINIÓN

JUAN CARLOS MARTÍNEZ MUY AGUDO

25 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Estos son tiempos de los hijos de la movilidad, de esa gente que se lleva la patria a cuestas. Fraga acude a Venezuela para acercarse y acercar a aquellos millares de gallegos que se fueron hace ya medio siglo y a sus descendientes. Y les dice que la oposición política de aquí, por sus críticas al sistema del voto por correo, está interesada en que los emigrantes no voten, porque votan sobre todo al PP. ¿Tendrá razón? No es eso lo que proclamaban los anteriores visitantes de Caracas, Touriño y Beiras. En todo caso, los líderes del PSOE gallego y del BNG no practican el método infalible de supresión del voto emigrante, que es el que aplicaron en Argentina Videla y compañía. Hijos de esta tierra salvados de milagro de aquellos Herodes vuelven ahora como testigos de que no todo tiempo pasado fue mejor y de que en su momento la agarimosa madre patria no actuó como debiera por salvar tanto futuro voto emigrante perdido en la ignominia de los estadios y de la escuela de máquinas de la Armada, en las manos de los torturadores que prohijaban bebés robados. Y como los emigrantes son ahora, al parecer, los otros, Fernández-Miranda nos explica, como si hubiéramos olvidado las que pasaron los nuestros, que los buenos emigrantes vienen con un contrato, y que aquí no somos racistas ni xenófobos, lo que pasa es que los ilegales, como su nombre indica, acaban por tocarnos las narices y romper la armonía social que brilla tan deslumbrante que tiene que venir un alto cargo a evocárnosla, porque da la impresión de que no la habíamos visto. Porque en España no hay sitio para explotadores, añade el mismo alto cargo, que por las muestras debe vivir en los jardines de Aranjuez, al lado de la fuente de las sílfides. Mientras tanto, un centenar de africanos, de estos que nos empañan la cohesión social con su arribada delincuente, avisa por el móvil de que se les hunde la patera. Entre tanta pena migratoria hay motivo para recordar aquello de Avilés de Taramancos, referido a nosotros mismos, los de la convivencia armónica: «Ese escuro destino, a sórdida andadura, o rosto de mil ollos, a ringleira espectral nos cais do mundo, a nosa negritude no sudre das sentinas...».