ERNESTO S. POMBO MUY AGUDO
19 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Gotemburgo ha quedado hecho unos zorros. La ciudad sueca, sede de la última cumbre de la Unión Europea, no ha podido resistir el paso vandálico de más de 20.000 personas, en su mayoría jóvenes radicales, guerrilleros urbanos, con capuchas y antifaces, punkis y grunges. Los que han dado en llamarse antiglobalizadores, globófobos o nuevos anarquistas, han destruido los más señoriales y céntricos establecimientos comerciales de la capital nórdica. Todo un ejemplo. Los incidentes de Gotemburgo suponen la mayor protesta antiglobalización hasta ahora conocida. Las acciones violentas iniciadas en Seattle, y que tuvieron su continuidad en Porto Alegre, Praga, Quebec y ahora en Gotemburgo, acompañan siempre a las cumbres en las que se debate el futuro de nuestras vidas. Y, lo que es peor, van a más. La violencia que las televisiones nos mostraron el pasado fin de semana -tiro en la espalda incluido- nos da idea de la organización y fortaleza, de la sinrazón, que millones de seres están dispuestos a esgrimir. La lucha es inútil. La globalización camina imparable. Pero no por ello conviene dejar de lado el origen de las protestas. Somos conocedores ya de los problemas que nos causan, reunión tras reunión, con su violencia. Los antiglobalizadores enarbolan las banderas contra el gasto armamentístico, las desigualdades sociales, la destrucción del medio ambiente, la miseria del Tercer Mundo, los derechos y la dignidad humana, la política del presidente Bush y la militarización creciente de los países. Pero la defienden con métodos primitivos. A pedradas. Pero también tienen que saber que estos modelos de crecimiento han sacado ya a millones de asiáticos de la miseria y han reducido significativamente el índice de mortalidad infantil. Sin pedradas. Aunque sabemos que se acrecientan las diferencias entre los áreas desarrolladas y los países pobres. Algo que habrá que solucionar. Pero sin pedradas. Como todos los cambios profundos, la globalización tiene ventajas e inconvenientes. Sobre ellos hay que seguir trabajando. Sin pedradas. A los que apoyamos una sociedad globalizada nos preocupan éstos y otros muchos asuntos. Y no vamos a Gotemburgo a romper escaparates. Las reivindicaciones hay que hacerlas desde la racionalidad, la sensatez y el diálogo. Y para ello hay que saber de qué se está hablando. La globalización es tan imparable que hasta sus más violentos opositores, sin querer enterarse, han entrado ya en ella.