SÍ, PERO NO

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS A TORRE VIXÍA

11 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Lo de Ruanda empezó poco a poco, formando las cuadrillas, afilando los machetes, y provocando los éxodos masivos que agrupan a las víctimas y las hacen más indefensas. Los observadores de la ONU lo veían venir, pero ningún país estaba dispuesto a regresar de África con un soldado muerto. Y todos prefirieron enviar reporteros, ayuda humanitaria y más observadores, sin correr el riesgo de una intervención llena de incógnitas. Francia sostuvo que con tres mil soldados se evitaría la masacre. Pero, aislada en el conflicto, y acusada de aprovecharse de él, prefirió retirar los mil quinientos hombres que tenía allí, y dejar paso a la gran carnicería. Y así se hizo. Hutus por un lado, y tutsis por el otro, la región de los Grandes Lagos se convirtió en un infierno de crueldad irracional y ciega, que, en uno de los episodios más violentos que recuerda la humanidad, se llevó por delante a 800.000 personas. Claro que, una vez terminada la ceremonia de dolor y de sangre, llega la justicia al estilo occidental y, con el mundo atiborrado de ejecutores directos, de colaboradores, de culpables por negligencia y de políticas asquerosamente neutrales, detienen a dos monjas y un profesor, los juzgan, y... los condenan. ¡La leche! Ya sé que sor María y sor Gertrudis fueron condenadas, con hechos probados, por un tribunal legítimo. Y no me cabe duda de que, cada vez que se juzga un crimen de guerra, se está abriendo una tímida esperanza de acabar con la impunidad de los genocidas. Pero, pidiendo perdón por lo que voy a decir, no puedo evitar la sensación de esperpento y cobardía que me produce el ver como un delito tan político y desmesurado -¡equivalente a toda la Guerra Civil española!- acaba en este Nürenberg a la belga, metiendo en la cárcel a dos monjas colaboracionistas. ¡Demasié! Sirviendo de contexto a este juicio, Putin presume de la solución chechena, Serbia no entrega a Milosevich, y China no es más que un apetecible mercado. Los genocidios de Sudamérica llevan treinta años sin un solo proceso internacional, y a nadie se le ocurre pedir que se revisen las guerras de Vietnam y Afganistán. En aras de la realpolitik, nos disponemos a firmar amnistías definitivas en los genocidios de Corea, Camboya, Angola, Mozambique, Eritrea, Palestina y Liberia. Pero los 800.000 crímenes perpetrados en Ruanda acaban de ser juzgados, para escarmiento del mundo, en las personas de sor Gertrudis y sor María. Ya sé que «por algo se empieza». Pero yo no me siento orgulloso de recibir con honores a Bachar el Asad, mientras dos monjas de Ruanda van a la cárcel por crímenes contra la humanidad. Porque -con perdón de los belgas- todo esto me suena a pasado. ¡No a futuro!