SU SANTA VOLUNTAD

LOLA BECCARÍA EN LAS NUBES


La Iglesia también tiene sus famosillos dando que hablar, mal que le pese. Un arzobispo católico, apostólico y romano, llamado Milingo, de Zambia, ha tenido la osadía de casarse con una mujer a sus setenta y un años, haciendo su santa voluntad, y nunca mejor dicho. Y encima ha contraído nupcias por el rito de una secta coreana denominada Moon. Las fotos de la boda eran dignas de salir en la revista Hola, puro amor y lujo, alegría y boato propios de un bodorrio de estrellas del papel cuché. Y lo cierto es que el hombre parecía realmente enamorado, viviendo el éxtasis de una felicidad que le ha costado cara. La excomunión es el precio, pero a cambio va a probar las delicias del matrimonio, que afronta altamente optimista y sin temor a las consecuencias. Incluidos los posibles problemas de pareja o la educación de los hijos, que desea tener a pesar de su edad. Con su actitud, Milingo ha retado a Roma, provocando un escándalo que antaño hubiera removido cielo y tierra -de nuevo, nunca mejor dicho-, pero que en realidad hoy en día resulta casi anecdótico, de tal forma han cambiado las cosas, cuando el morbo que alimenta el sensacionalismo de nuestra sociedad se ha desviado claramente de esos derroteros. Descubrir que los curas son hombres por entero bajo los hábitos no es nuevo. Es algo tan natural que lo raro es que no acaben todos en brazos del amor humano, entregados al sano placer de besos y caricias.Por supuesto, hay quienes piensan que este tipo de conductas deja en mal lugar al estamento eclesiástico, pero no es menos cierto que hombres como Milingo llevan a recapacitar sobre el absurdo del celibato y reivindican a su modo el amor por encima de toda ley, por muy divina que sea, exaltándolo y poniéndolo en su justo sitio. La Iglesia católica pierde fieles a cada paso, en favor de las sectas, a cada cual más estrambótica o fanática, porque el mundo ha cambiado de tal manera que ya no se acomoda tan fácilmente a comprender aquello que, por anticuado, va quedando lejos en el devenir de la historia. Por eso nos resulta más extraño, o incluso marciano, que alguien se niegue a sí mismo el poder casarse mediante el ritual que sea. Y es penoso que las sectas, con todo su bagaje de superchería y delirio, vayan por delante de la Iglesia en una asignatura que clama al cielo, y -sigo insistiendo- nunca mejor dicho. Los ojos de pasión y la sonrisa abierta de este singular personaje, este arzobispo díscolo y revolucionario, besando a su pareja, en el fondo provocan el guiño cómplice, y no el rechazo, de la gente de a pie, que es bien capaz de entender, por encima de cualquier convencionalismo religioso, que un hombre pueda desear a una mujer y al mismo tiempo dedicar su vida a fines piadosos.

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