Ernesto S. Pombo
29 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Xosé Manuel Beiras ha reclamado, desde Caracas, el consenso de todas las fuerzas políticas para resolver los graves problemas que padece la emigración gallega. Es una propuesta sensata. El drama social, por todos conocido, al que también se refirió el líder nacionalista, hace que las dificultades de nuestra emigración para sobrevivir se sitúen por encima de cualquier interés personal, político o ideológico. El caso es que los demás lo entiendan. Y no parece fácil. Las últimas décadas de la historia de Galicia se han construido, en gran parte, sobre la difícil existencia de cientos de miles de gallegos que se vieron obligados a abandonar su país. Ni una sola familia puede hoy repasar el catálogo de progenitores y ascendentes, sin hallar, no muy lejos, algún emigrante. Pero parece que no queremos enterarnos. Que quienes malviven, en la misma Europa que construimos bajo la aparente carpa de la solidaridad, o al otro lado del Atlántico, es el recurso que siempre se utiliza para contrariar al adversario. Porque, en la Galicia actual, la emigración no es un problema. Es una disculpa. La que tienen los responsables políticos para desentenderse de las cuestiones internas y desengrasarse de las tensiones que provoca la gestión. La disculpa que encuentran muchos alcaldes para hacer una gira por las más renombradas salas de fiesta y cabarets, al estilo de la que realizan habitualmente por las barras americanas de nuestras carreteras. La emigración es la disculpa, la excusa y el pretexto para ausentarse y olvidar las verdaderas necesidades de su país. Un problema para ocultar otro. Los testimonios que nos llegan ponen de manifiesto que muchos de nuestros emigrantes sobreviven de la caridad. De la ayuda que les prestan en los países, deterioradísimos económica y socialmente, que hace décadas los acogieron. «Hai galegos vivindo nas prazas ou debaixo das pontes», aseguró en estas mismas páginas Ricardo Álvarez. La frase es de las que te estremecen. Así de patética. Así de dura. Y nadie, absolutamente nadie, afronta la situación con la severidad que requiere. No hay más que tomarse un café con José Manuel Castelao, presidente del Consejo General de la Emigración, para escuchar sus lamentaciones sobre la escasa sensibilidad que el poder tiene con los emigrantes. No hay más que darse una vuelta por los centros gallegos del exterior para ver la cruda realidad. La miseria, la penuria y el desarraigo.