VIÉNDOLAS PASAR / José A. Ponte Far
28 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Las celebraciones de los éxitos futbolísticos suponen ya una amenaza al buen gusto y al sentido común. Habría que penalizar las retransmisiones televisivas de semejantes manifestaciones, porque sirven de ejemplo a todos los equipos que ahora vayan a subir a Tercera División o a Regional. ¡Claro que todos tienen derecho a manifestar su alegría! Pero dentro de un orden, sin atentados a la sensatez, ni boatos a la memez. Es decir, haciendo lo contrario de lo que hacen nuestros grandes equipos cuando ganan -o incluso, pierden- algo importante. Y que conste que soy un aficionado al fútbol. Para los de mi generación, fue un medio sano de socializar el ocio. En mi pueblo, gracias al fútbol, los chavales no entendimos de clases sociales. Jugábamos todos unos multitudinarios partidos, y los únicos que destacaban eran los que jugaban mejor. Mi bachillerato, un internado inacabable de cinco años, se apoyó tanto en el fútbol como en los libros. El fútbol me ayudó a entenderme y a relacionarme con la mayoría de mis compañeros. Y aquellas tardes aburridas de domingo en que liberábamos nuestro tedio en la alegría de los goles y en el cansancio de nuestras piernas, me proporcionaban más oxígeno vital que las matemáticas o la historia. Luego, Salgari y Julio Verne venían en mi ayuda para sobrellevar el cansancio. Gracias al fútbol aprendí muchas cosas. Por ejemplo, geografía. Por las actuaciones europeas del Real Madrid recorrí, al pie de la radio de mi casa, casi todo el continente, sitios exóticos como Praga o Budapest. Y descubrí A Coruña, cuando mi padre me llevó a Riazor para ver a Di''Stéfano. Varios padres del pueblo, con sus hijos, en una vieja DKW, para ver a un jugador legendario. Una forma de hacer familia y un premio muy especial, que se repitió al poco tiempo, en un Teresa Herrera, para ver a Pelé. Muchos años después, yo llevé a mis hijos a Riazor para ver a Maradona. Y el fútbol me enseñó muchas cosas menores, como no abandonar a quien cae en desgracia: he visto partidos del Deportivo en Tercera División, y aún recuerdo con alivio aquel gol de Vicente al Santander, con el que se mantenía la categoría en Segunda. También me trajo alguna que otra confusión, como una de índole lingüística que propagó Amancio -sin duda, el jugador que más he admirado- cuando fichó por el Real Madrid. Al ser preguntado si iba a jugar de interior derecho, su puesto en el Deportivo, o tendría que jugar de extremo, Amancio respondió: «Me es inverosímil». Pues bien, toda esta limpia trayectoria histórica que hemos vivido muchos de mi generación nos da derecho a protestar por esos espectáculos que nos están ofreciendo las televisiones cada final de temporada. No me interesan los llantos de porteros ni las voces desafinadas del equipo intentando cantar algo en los vestuarios o en el coche descapotable. El escenario del fútbol está en el campo. Lo demás, por estar fuera de la escena, es obsceno.