A TORRE VIXÍA / Xosé Luís Barreiro Rivas
27 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Ya lo dijo Arenas, en la noche triste de Euskadi, para espantar unos resultados que le caían sobre el cuerpo como ducha de agua fría: «En Galicia no va a pasar nada, y el señor Fraga tendrá en octubre otra mayoría absoluta». Para que la profecía se cumpla, el Partido Popular ya está arrancando su consabida maquinaria: inaugurar cualquier cosa que pare de pie; iniciar obritas que después se eternizan; organizar procesiones de ministros para que repartan sus limosnas como hacía Andrade o Bó; bromear con el AVE entre Santiago y Oroso, y dar la sensación de que el Finisterre, gracias al Gobierno amigo, se está convirtiendo en Jauja. Claro que nada de eso sería posible, ni tendría efectos electorales, si los gallegos no diésemos una respuesta adecuada a los desvelos del PP: criticar mucho en la taberna, poner cara de escépticos, y convencer a la familia de que a nosotros no nos toman el pelo, para acabar comulgando con ruedas de molino, pagando favores con la papeleta, y dando por supuesto que, si Fraga no se hubiese sacrificado por Galicia, los romanos nos habrían dejado sin la Vía Nova, el Montefurado y el puente Bibey. Por eso quiero mostrar mi acuerdo con Arenas y pronosticar -yo también- que aquí no pasa nada, y que, siendo los gallegos gente de paz y orden, de derechas de toda la vida, no estamos dispuestos a chafar la carrera de Fraga en su último mandato, ni a sepultar en una montaña de ingratitud los desvelos de Aznar en pro de la restauración del Imperio. Y no lo digo de burla. Lo digo para recordar que cada pueblo tiene derecho a hacer con su voto lo que le da la gana, y a escoger la forma en que el poder se encarna en sus estructuras sociales. Si la idiosincrasia vasca es crear empresas, tener gobiernos de suyo y no dejarse engatusar por los todólogos del centro, nosotros batimos récords de clientelismo, vamos a Moncloa con los deberes hechos, y siempre cumplimos a rajatabla lo que desde Madrid nos aconsejan y enseñan, por el bien de España. Si los vascos no están maduros, ni tienen grandeza moral para salir de la ciénaga política del nacionalismo, nosotros rezumamos néctar político y almíbar electoral. Y no vamos a exponernos a una bronca del gran jefe, al día siguiente de las elecciones, sólo por darnos el gustazo de ver a Beiras en coche oficial. Ello no obstante, a pesar de mi acuerdo con la profecía de Arenas, tengo que decir -siempre hay un pero- que no me gustó su retintín. Porque hizo de nosotros un contrapunto ideológico de los vascos, y porque nos utilizó de comodín para cuadrar el maltrecho discurso de Aznar. Y, si pudo dar la impresión de que nos tienen entusiasmados, prefirió dejar muy claro -¡una pena!- que nos tienen controlados.