ERNESTO S. POMBO MUY AGUDO
26 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Alguien dijo que no se puede ganar una guerra como tampoco se puede ganar un terremoto. O un huracán. La guerra, llamemos a las cosas por su nombre, que libran palestinos a israelíes, no la va a ganar nadie. Porque las guerras sólo las ganan los que las evitan. La trágica situación que en las últimas semanas está viviendo Oriente Medio es un fiel reflejo de la sangrienta locura a la que puede verse abocado el hombre. Ninguna causa, por muy legítima que parezca, merece los miles de muertos que el conflicto ha dejado ya y que va a provocar de no mediar un milagro. La ONU, Estados Unidos, la Unión Europea y la Liga Árabe siguen demostrando al mundo su ineficacia. Se están luciendo. Tocan la misma partitura, del mismo pasacalles, en la misma charanga. Porque lo que nos presentan cada día los telediarios no es la violencia callejera de una serie policíaca. Es sangre real. Humana. Cuerpos despedazados. Niños agonizantes. Padres desesperados. La locura en su máxima expresión. En un arranque de ingenuidad, EE.UU ha pedido a Israel que deje de utilizar los aviones F-16 contra los palestinos. Un sarcasmo. Será que quiere que maten con métodos más humanos. La UE, siguiendo su ejemplo, se congratula de que por primera vez todos trabajen juntos por la paz. Pero nadie detiene la sangría que es lo único importante. Y se mantiene la situación de impotencia. La comunidad internacional tiene que actuar con determinación. Expresando inquietudes y preocupación no se frenan los ríos de sangre. Invitando a negociar, tampoco. Hay que imponerse. Dispone de capacidad suficiente y armas, sin ser las que asesinan, para hacerlo. Porque hay razones que indican que el futuro puede ser todavía, si cabe, peor. Arafat es, cada día que pasa, más incapaz de controlar a los palestinos, desbordado por Hamás. Y la llegada de Ariel Sharon a la jefatura del gobierno de Israel no ha hecho más que confirmar lo que ya sabíamos. Que es un hombre al que le entusiasma la muerte y la destrucción. Lo demostró en 1982 en Sabra y Chatila. Lo repitió en 1984 cuando dijo que nunca Israel llegará a un acuerdo con los palestinos. Y lo ratificó el 28 de septiembre de 2000, desafiante y consciente de lo que hacía, con su visita a la explanada de las Mezquitas en Jerusalén. Sharon no conoce el diálogo, el lenguaje civilizado, ni la cordura. Hay que tener presente su pasado terrorista. Carece de un plan que no pase por barrer del mapa a los palestinos. Y mientras el conflicto se encamina a un callejón sin salida, otro dato nos produce repugnancia. Según una encuesta del Instituto Independiente Dájaf, la situación que se vive en Oriente Medio preocupa mucho al 69% de los habitantes de Israel. Hay que localizar, urgentemente, al 31% restante de israelíes. Y encerrarlos. Porque han enloquecido.