XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS A TORRE VIXÍA
24 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.No faltará quien diga que todo sigue igual, y que ETA puede mantener su jaque de sangre a todo el Estado español. Pero yo creo que este asesinato tiene matices diferenciales que vale la pena analizar, y que nos permiten titular este artículo con un esperanzado ¡manos a la obra! La primera evidencia de la noticia es que Santiago Oleaga murió como todos: ¡por nada y para nada!, llenando de dolor y luto a una familia, y situándonos a todos ante la tortura colectiva que representa el no dejarnos vivir la libertad y no dejarnos vivir una paz que hemos ganado y conservado con tanto sacrificio. Y la segunda obviedad, que hoy ocupa el centro de reflexión de todos los periódicos es que, tal como habían amenazado y estaba cantado, ETA está acelerando su campaña contra las voces de la opinión libre, tocando la tecla que más ecos le pone a su violencia ciega y estéril. Dicho todo eso, y después de expresar la solidaridad con los compañeros del Diario Vasco, también podemos descubrir algunos matices diferenciales que esta vez están del lado bueno, y que nos pueden ayudar a mantener la esperanza. Porque la muerte de Santiago Oleaga se produce en un momento en el que no es posible confundir la crisis de la política vasca -crisis de gobernabilidad, ruptura del diálogo entre las fuerzas políticas, cerco al nacionalismo e instrumentalización electoral de la violencia- con el problema puro y duro de ETA. El pueblo vasco ha hablado, puso las cosas en las mejores condiciones para avanzar en el camino de la paz. También dejó claro que no cree en soluciones milagrosas que cambien de un día para otro los factores de la violencia. Y por eso tenemos la posibilidad de, en vez de aprovechar esta muerte para aprovisionar las baterías de la batalla mediática, utilizar todos los medios para erradicar el veneno que sigue afectando al cuerpo social de Euskadi. Actuando fuera de todo contexto político, ETA deja claro su deseo de ser tratada como un quiste maligno que no se casa con nada ni con nadie. Pero cometeríamos un grave error -¡y creo que lo vamos a cometer!- si, haciendo un sorites con forma de conclusión apodíctica, volvemos a decir que aquí no hay política. Política es todo lo que influye en una sociedad política. Y la obligación de resolverlo con eficacia alcanza al problema de ETA con la misma intensidad y las mismas razones con la que pedimos que el Gobierno nos defienda de las mafias, de la meningitis y del sida. Matar es una aberración contra la creación y contra Dios. Pero, mientras una criatura de Dios siga matando, a nosotros sólo nos queda la eficacia política. Si somos capaces de meterlos en la cárcel, miel sobre hojuelas. Y si no lo somos, habrá que encontrar otro remedio.