LOLA BECCARÍA EN LAS NUBES
23 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Lo confieso. Me da vergüenza decirlo, pero hasta hace un par de días no sabía exactamente lo que era el genoma. Me había ido zafando del esfuerzo de entenderlo, igual que voy dejando de lado el asunto del euro hasta que, por inevitables razones prácticas, no me quede más remedio que internalizarlo en mi cerebro. Pero lo del genoma es que ya no podía aplazarlo por más tiempo. El caso es que tenía una vaguísima idea, y con ella me arreglaba para ir leyendo las noticias sobre el particular e ir entendiéndolas, a trancas y barrancas, o para participar en alguna conversación superficial, alegremente, como si en apariencia manejara el tema sin mayores problemas. Chimpancés Pero acabo de leer que han descubierto que nuestro genoma es casi idéntico al de los chimpancés, y eso ya es para pensar. En principio la noticia es cuando menos curiosa, y digna de reflexión, porque nuestra soberanía intelectual sobre los animales nos la teníamos muy creída. Lo cierto es que tener tan ilustres antepasados a mí no me quitaba el sueño, porque de algún sitio teníamos que venir, y como mis abuelos no daban saltos ni andaban en cuclillas comiendo bananas, pues eso de venir de los monos se me hacía un poco lejano, casi fantástico, e incluso me resultaba hasta gracioso. Sin embargo, ahora la realidad científica me ha dado un coscorrón para que me lo tome en serio. Parece que el genoma es como un testamento microscópico que llevamos escrito en las células del cuerpo donde dice lo que heredamos de nuestros padres como especie animal. La herencia va cambiando muy lentamente de una generación a otra, mientras que la ciencia investiga a todo meter. El último grito es que los chimpancés, con la pinta que tienen, han heredado lo mismo que el ser humano, excepto un poco de cerebro diferente, un casi nada, vamos. Pero si hacemos balance, y somos realistas, podría decirse que en cuestión de inteligencia el mono nos supera. Es como si este interesante animal no hubiera querido llegar a ser humano y se negara a legar a sus descendientes esa parte que lo distingue del hombre y que lo hace tan sabio. Porque, analizando su forma de vida, ¿qué hay más placentero que vivir sin complejos, sin estrés, sin afeitarse o depilarse, sin lavar los platos, sin declarar a Hacienda, sin fichar todos los días en el trabajo, sin teléfono móvil, sin ver el Gran Hermano, sin ropa ni zapatos ni corbata, y sobre todo, sin saber qué rayos es eso del genoma?