EL OJO PÚBLICO / Roberto L. Blanco Valdés
15 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.«Vaites, vaites, que es can de palleiro». La escena, en que una perrita finústica y vilega rechaza los amores de un perro pulguiento y popular, pertenece a uno de los volúmenes de Cousas, que Castelao dibujó con talento incomparable. La Xunta, siempre preocupada por el progreso social de este país, acaba de impedir que tal escena pueda repetirse. El pasado 11 de mayo, fecha que quedará ya señalada en el calendario de la lucha por la igualdad de los grupos subalternos, se publicaba oficialmente una orden del Gobierno, por la que se procede a aprobar un reglamento regulador del estándar racial del Can de Palleiro y a crear el libro genealógico de la raza mencionada. ¡No, no se lo tomen a coña, porque es cierto! Tan cierto, que una simple lectura del preámbulo de la orden susodicha les servirá para comprobar la trascendencia de las importantísimas cuestiones implicadas en una decisión que encierra, de hecho, una medida indiscutiblemente revolucionaria. La creación del estándar social del Can de Palleiro -así lo escribe la orden: con mayúsculas- resulta, ante todo, una exigencia derivada de la necesidad de equiparar a los canes de origen popular con los procedentes de razas escogidas, que proliferan como hongos por nuestra geografía y de intentar frenar, así, el arrinconamiento intolerable de una estirpe nacional gallega en peligro de extinción. Porque esta es, según se deduce de la orden, la razón fundamental de una medida protectora con la que las autoridades autonómicas pretenden, a la postre, la defensa de nuestra identidad en lo canino: la de frenar un proceso en que «la mejora de la situación económica motivó la entrada de razas foráneas que en gran parte desplazaron a nuestras razas autóctonas, que actualmente se encuentran en grave peligro de extinción». ¡Y aun dirán que esta Xunta no es progresista y galleguista! Habrá, muy probablemente, algunos críticos -nada de lo que hace la Xunta se salva de esta peste de los críticos- que clamarán contra esta auténtica revolución canchevique iniciada con mano de hierro por el Gobierno autonómico gallego. Para la tranquilidad de su conciencia les relataré una anécdota de la que fui testigo hace unos años. Un perro hacía numeritos en el bar de un amigo de A Estrada, que es como un hermano para mí. El can, emigrado desde cachorro a Francia con su dueño, respondía, para asombro de la concurrencia allí presente, a las ordenes que aquel le daba en perfectísimo francés: «Assieds-toi», y el perro se sentaba; «Leve-toi», y el can se levantaba; «Viens ici», y el chucho acudía de inmmediato. El asombro era general ante la habilidad para el francés de un can que por sus trazas parecía, sin duda alguna, de palleiro.