EL OJO PÚBLICO / Roberto L. Blanco Valdés
14 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Llevamos escuchándolo desde hace mucho tiempo: los partidos son los responsables de la falta de salidas en que vive el País Vasco. ¡Pues no señor! La responsable es la propia sociedad. No otra cosa han demostrado las elecciones autonómicas de ayer. Aún en caliente, transcurridas apenas unas horas del cierre de las urnas, sería posible hacer muchas lecturas de los resultados de unos comicios que nos han dejado un gusto amargo a todos los que habíamos pensado que sería de esta vez, que por fin los vascos enviarían un claro mensaje en favor de la alternancia. Cabría, así, insistir en la importancia del hundimiento de EH, o en el hecho de que la dirección del PNV sale reforzada del envite, o en el no menos evidente de que, por más que poco a poco, los nacionalistas van perdiendo espacio electoral en favor de los no nacionalistas. Pero todo ello no sería sino una forma de mirar para otro lado. Porque lo cierto, por duro que ello pueda resultar, es que la sociedad vasca han votado de una forma que si algo demuestra es que es una sociedad bloqueada para encontrar, por sí misma, una salida del atolladero al que han conducido años y años de violencia terrorista. Tan bloqueada, que el drama que hemos vivido estos últimos dos años, acongojante hasta el punto de haber mantenido en vilo a España entera, apenas ha servido para algo más que para que un partido que es el frente electoral de un grupo armado haya perdido unas docenas de miles de votantes. Es alucinante, pero las cosas son así: ¡ni más, ni menos! Y porque son así, aunque a millones de españoles nos gustaría que fueran de otro modo, es por lo que los partidos democráticos de Euskadi tienen hoy, mucho más que la han tenido siempre, la obligación de buscar una salida al oscuro callejón de una sociedad que vive bajo un permanente estado de excepción. El paisaje después de la elección es el más difícil que cabría imaginar: el de una sociedad atenazada e incapaz de ordenar un giro de timón. A sus representantes toca ahora esa tarea: hay que esperar que estén a la altura de esa inmensa responsabilidad.