LOS BOBOS

La Voz

OPINIÓN

VENTURA PÉREZ MARIÑO

08 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Cuando el filósofo López Aranguren cayó, a mediados de los años sesenta, en California expulsado de su cátedra madrileña por el franquismo más intolerante, el movimiento hippie se desarrollaba en el oeste estadounidense, transmitiendo imágenes idílicas, que por razones obvias sólo llegaban a España de forma estereotipada. Cuentan que sentado en círculo en cualquier verde campus universitario, entre melenas blondas de jóvenes lánguidas con flores al cuello y melenudos masculinos, Aranguren lucía su calvicie diletando sobre los nuevos movimientos sociales, cuando le pasaron el primer porro, que entre atónito y converso compartió de forma solidaria. Años después, el cannabis llegó a nuestras universidades, arropado con áurea progresista, cuando, como siempre, nos encontrábamos reunidos en reductos de habitaciones oscuras y clandestinas, afirmando, que no entendiendo, que habíamos leído a Marx... y a Lenin, e ideando la destrucción del régimen dictatorial. Fue necesario amalgamar hachís con panfletos, revolución con paz, hacer el amor y no la guerra, con hacer la guerra con amor, comunismo con eurocomunismo. Entretanto el final del franquismo nos cogió en la perplejidad. Y sin descanso, de la misma California nos remitieron los yuppies, jóvenes atildados y apuestos que habían mudado las flores por las corbatas, el cierto aire decadente por la rectitud de la raya del pantalón. Jóvenes que a tierna edad se habían convertido en amos del universo, que por arte de magia traducían bonos basura en dinero, lo bucólico en real: eran los wasps (blancos, anglosajones, protestantes). Aquí, más moderados los acogimos entre atuendos de la arruga bella. La mixtura entre los antiguos hippies y los nuevos yuppies, en España entre progres y yuppis, dio lugar a lo que el sociólogo David Brooks ha denominado la generación bobos (acrónimo en inglés de burgueses y bohemios). Los nuevos burgueses/bohemios, apéndice de una generación, han irrumpido en la vida pública llenos de pragmatismo escéptico, triunfantes con una pizca de cinismo: son los epígonos de lo políticamente correcto. Algún protagonista valioso del fenómeno, para justificar su cambio, ha acuñado el «menos mal, menos mal que no nos han hecho caso». Sustituyeron la duda y el pret a porter por la más segura llave en mano. Reconciliaron lo que parecía más difícil, el corazón con la cartera.