MANUEL ALCÁNTARA
05 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Científicos del Instituto de Medicina Reproductiva de Saint Barnabas, allá en Nueva Jersey, anuncian la feliz nueva: han venido al mundo 15 bebés «modificados genéticamente». Si yo supiera lo que es un citoplasma habría dado un gran paso para saber en qué consiste la carga de ADN mitocondrial que alberga, pero el caso es que todo eso se ha podido transferir de una mujer fértil al óvulo de una mujer estéril. El resultado es un óvulo con genes de ambas. Madre no hay más que dos y a las donantes se las encuentra en la calle. En España hay 30.000 embriones sin destino. Están congelados y bien congelados, en nitrógeno líquido. Se ignora su fecha de caducidad y no se sabe qué hacer con ellos. La bioética está en pañales, pero lo peor es que también lo está la ética a secas. «Nosotros podemos resistir, pero los niños no», dicen los 300.000 afganos que se hacinan en los campos de refugiados de Pakistán. El trato que le damos a los niños clama al cielo vacío. Más de 250 millones malviven como esclavos según el informe de la Organización Internacional del Trabajo. ¿De qué ha servido la Convención de la ONU sobre los Derechos de la Infancia? Nos escandalizamos cuando surge un caso repulsivo, como el del demente pedófilo dado a la fotografía, que coleccionaba meadas párvulas, el tío guarro, pero el panorama es sobrecogedor. Le oí decir a don Gregorio Marañón que es un rasgo típico de los hombres de verdad la ternura hacia los niños. Según el salmo bíblico son la herencia de Dios, pero a millones de criaturas recientes se les roba la infancia, incluso en Estados Unidos, donde ya es posible la modificación genética de los bebés. Quizás algún día puedan modificarnos genéticamente a los adultos.