SUSANA FORTES
04 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.«La lluvia es una cosa que ocurre siempre en el pasado» -decía Borges-. Aunque todos sabemos que existen lugares en los que la permanencia del agua no respeta ni los tiempos verbales. Vamos caminando por los meses como quien avanza hacia el final de un túnel y de repente desembocamos en mayo sin que la luz nos deslumbre. Mayo es el mes de las promesas imposibles. En muchas ciudades es también el mes de la feria del libro. Los parques se llenan de puestos ambulantes y la gente pasea entre las casetas, hojeando páginas con tanto deleite que uno puede llegar a pensar que vive en un país culto, casi anglosajón, como soñaba Borges, con millones de lectores y escritores respetables. Claro que después vienen las estadísticas a aguarnos la fiesta o los espectáculos lamentables que últimamente ofrece el mundo cultural. En medio de tal panorama, nadie puede por menos que sentir nostalgia de la época en la que los escritores dirimían sus rivalidades, probablemente con la misma ojeriza, pero sin duda, con mucho más ingenio. Cuentan las malas lenguas que Lorca no simpatizaba con Rubén Darío, y en un acto en el que alguien estaba recitando el famoso poema que el escritor nicaragüense dedica a Verlaine, en el momento en el que se dice aquello de «que púberes canéforas te ofrenden el acanto», Lorca se levanta y exclama: -¡Coño!, lo único que he entendido es el «que». El humor siempre se agradece. Sin embargo, de un escritor lo que vale la pena rescatar no es alguna que otra anécdota cómica sino el esfuerzo casi irracional que supone la escritura en sí. Por eso nos ata la fidelidad a determinados autores y a ciertos personajes como los cronopios que estuvieron en el fondo de mi mochila escolar al final de los años setenta. En Buenos Aires Decía Ariel Dorfman que en los suburbios de Buenos Aires hay un graffiti que alguien garabateó con ironía soñadora y que yo, desde esta orilla infructuosa de mayo, suscribo melancólicamente: «Volvé, Cortázar. ¿Qué te cuesta?». Y es que lo que de verdad importa de las novelas está en manos de esos lectores que se congregan en torno a los puestos de libros sin atender a consignas de nadie sino con la actitud esperanzada del buscador de tesoros y a veces también -es mi caso- con la voluntad sacrílega de resucitar a los muertos. Pues eso: Volvé, Cortázar.