VENTURA PÉREZ MARIÑO
01 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Desde hace relativamente poco tiempo, y con seguridad con vocación de permanencia, el gran tema de la sociedad española es el de la inmigración. Es una cuestión en la que casi nadie dice lo que piensa o, para ser más exactos, intelectualmente no siempre se está de acuerdo con lo que de forma espontánea se vive. En la sociedad late un sentimiento racista, de mayor o menor intensidad, que necesita de reflexión racional e intelectual. En cualquier caso, tanto la derecha como la izquierda -si bien en distinta medida- han propugnado la necesidad de los inmigrantes, -razones demográficas y de mano de obra-, la bondad de la mezcla de razas, y la riqueza que supone la multietnicidad, añadiendo todos la cautela de la conveniencia ineludible de fijar el número o cuota de admitidos anualmente y la perentoriedad de realizar políticas de integración. Con esos mimbres nos íbamos defendiendo, no sin despertares sobresaltados, como los esclavos de la fresa en Huelva, los ecuatorianos fallecidos camino de la recolección del brécol, las muertas embarazadas de Tarifa, o las ocurrencias del secretario de Estado de Emigración, animador interrupto de viajes turísticos a la búsqueda de documentación. Pero hete ahí que en el aparente consenso ha terciado el profesor Sartori, italiano enseñante en USA, eminente y respetada figura del saber, de probado pedigrí, que en un reciente libro La sociedad multiétnica ha ensombrecido los lugares comunes que nos habían servido para transitar sobre el problema. Sostiene que la sociedad pluralista en la que vivimos tiene el peligro de desintegrarse ante la llegada de grupos étnicos extranjeros, intolerantes, que rechazan los propios cimientos culturales de una sociedad tolerante en la que no desean integrarse, pretendiendo el mantenimiento cerrado de otras costumbres, de otra religión -la islámica estrechamente entrometida en la sociedad civil-, y de otra etnia. Añadiendo que el aserto de la utilidad laboral del inmigrante es dudosa (añado yo que sin duda no lo es para el empresario que los explota) y que en cualquier caso puede traer consecuencias nocivas. Sartori se explaya en lo negativo del multiculturalismo, mecanismo creador, en su opinión, de diversidades, antagónico del pluralismo, que implica el desmembramiento de la sociedad pluralista en subgrupos de comunidades cerradas y homogéneas. En una palabra ha puesto en entredicho gran parte de lo hasta ahora dicho, y de acuerdo o no, sus opiniones no deben pasar desapercibidas: la polémica está preparada.