NACIONALISMO

La Voz

OPINIÓN

JOSÉ LUIS ALVITE

24 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

No sé muy bien en qué consiste el nacionalismo. Hay un nacionalismo turístico, termal y costero que deja divisas, que es un nacionalismo de tesorería, económico y sin emociones, y hay también un nacionalismo de los símbolos y de la comida. En Galicia muchos políticos de la derecha de siempre tratan de mantener pujante ese nacionalismo del pulpo á feira, la empanada de lamprea y las sardinas con pan de maíz. No se trata de un nacionalismo culto, ni político, sino de una exaltación de la diferencia digestiva, o sea, pura intendencia. Lo que se esconde en esa suculencia del nacionalismo no es un pensamiento sino un bocado. Estamos en lo de siempre: el aparato digestivo controlando al aparato emocional, el colon imperando sobre el pensamiento. Aislados Sobrevive también un nacionalismo del aislamiento. Viene de lejos, de cuando lo que nos retenía encerrados sobre nosotros mismos no era únicamente un alma distinta o una peculiar tradición cultural, sino las deficientes comunicaciones. Si la Guerra Civil no llegó a Galicia no fue debido a la pericia de sus políticos, sino a las pésimas carreteras. Muchas veces me he quedado pensativo acerca de la emigración y todavía me cuesta entender cómo lograron tantos miles de gallegos irse a Holanda, a Francia o a Alemania cuando los accesos al resto de España eran tan deficientes que sólo conseguías salir de viaje abriéndote paso con una excavadora. El nacionalismo ideológico del BNG rechaza ahora la galleguidad de Camilo José Cela porque ni escribe en gallego ni expresa ideas gallegas. Resulta descorazonador. A don Camilo le condonarían su ostracismo si aceptase incluir en su obra unas cuantas recetas de la cocina tradicional y si alguno de sus personajes exhibiese como un rasgo heráldico el obstétrico bocio tradicional de los días del hambre en el interior de la provincia de Lugo. Por lo visto, un buen bocio es más gallego que Madera de boj, aunque no se trate de una idea sino de una patología. Yo creo que el nacionalismo sucumbe siempre al confort y a las comunicaciones. No se trata de una banalidad: lo cierto es que yo me sentía mucho más nacionalista cuando en casa no había calefacción. Sabía que era celta y atlántico, no por el ambiente cultural de mi alrededor, sino porque tenía sabañones. Al viejo nacionalismo de mi niñez lo que le hizo más daño no fue la derecha, sino la electricidad. Y la autopista del Atlántico, mucho más rápida que la Santa Compaña...