LA REFORMA DEL SENADO

La Voz

OPINIÓN

PABLO GONZÁLEZ MARIÑAS

21 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Viniendo de París me encontré con muchos coches que llevaban una bien visible A en su trasera. Ingenuo de mí, pensé que era el símbolo de Aquitania. Por fin, me dije, empieza a prender el espíritu autonomista en la cuna del centralismo. Grave error, ya que pronto nos informaron de que tal sigla respondía al término apprenti, un equivalente galo de nuestra L del universal learning. Mi gozo en un pozo. Mi gozo en un pozo también ante el anuncio de lo que parece una nueva ley de racionalización del proceso autonómico. Que a los 23 años de vigencia del Título VIII de la Constitución estemos pensando en trabar sus potencialidades expansivas y participativas semeja que muchos siguen aprendiendo y conduciendo las cosas con escasa pericia y peores intenciones. Disfrazar el rigor centralista bajo la veste de la coordinación es señuelo que no cuela. Decía un viejo amigo y profesor que coordina quien manda: coordinar es mandar, y naturalmente al criterio propio. La verdadera cooperación autonómica pasa inevitablemente por la reforma del Senado, que éste sea la verdadera Cámara de las Autonomías. Si no se lleva a cabo, el bicameralismo seguirá siendo una antigualla inútil y dispendiosa. El actual Senado es una institución vacía, y a nuestros senadores se les llama en la calle, dicho sea con todo respeto senatorial, los cenadores del Reino, que tal intuye el pueblo que esa sea su dedicación tras el baño confortable en la famosa piscina.