MANUEL ALCÁNTARA
21 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Un millonario estadounidense se convertirá en el primer turista espacial de la historia. Tiene setenta años, edad en la que ya no se es ningún niño, pero tampoco ningún viejo, sobre todo si se tienen millones de dólares. Dennis Tito tenía ese alto sueño desde hace mucho tiempo y ahora va a cumplirlo, pese a la oposición de la NASA, ya que ha llegado a un acuerdo con Rusia. El precio del billete astral es sólo de 3.700 millones de pesetas, pero un capricho es un capricho. Además, un tipo que ha hecho tanto dinero ha tenido necesariamente que tener los pies en el suelo y por lo tanto tiene derecho a rondar las constelaciones calladas, más arriba del techo de las águilas y del aguacero. Quizá el hombre quiera alejarse durante diez días de este planeta suburbano y mal avenido y comprobar si es cierto que es azul en la distancia. Para eso sirve el dinero: para comprar soledad y silencio. Ahora todo el mundo tiene las mismas cosas, salvo los que no tienen nada: coches más o menos caros, casas más o menos lujosas, armarios más o menos repletos y digestiones más o menos costeadas. Lo difícil de adquirir es el aislamiento y evadirse del ruido. El tal Dennis va a darse el gustazo. Mirará de cerca lo que sólo había visto desde los ventanales de su palacio de Los Ángeles y podrá identificar, entre tantos brillos, a su buena estrella. Sólo los ricos-ricos pueden ser extravagantes. Los demás sólo sueñan con ser más ricos.