CÉSAR ANTONIO MOLINA
18 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Dice Don Quijote: «Pínteme el que quiera, pero no me maltrate». Y poco se imaginó su creador, Miguel de Cervantes, cómo se ha venido representando a sus personajes por los distintos lugares de La Mancha relacionados con la acción de la novela. Los conjuntos escultóricos dedicados a Don Quijote, Sancho o Dulcinea constituyen un museo de los horrores, del mal gusto y de una estética que vilipendia a lo conmemorado. El Toboso, es el pueblo de Aldonza Lorenzo, que la imaginación de Don Quijote vino a llamarle Dulcinea. En la plaza, presidida por la iglesia de San Antonio Abad, hay un monumento dedicado al hidalgo y a su enamorada. Don Quijote y Dulcinea parecen haber salido de los despojos de una ferranchina. De entre un amasijo de hierros agujereados, han seleccionado aquellos fragmentos más semejantes a los de las distintas partes del cuerpo y los han fundido. El caballero de la triste figura, de rodillas, apoyado en una especie de puya, pues se asemeja a un picador, rinde pleitesía a otro monigote que, igualmente descuajaringado, parece una criada en traje de faena. Realmente algo difícil de describir. Esta felonía se completa con los numerosos objetos de regalo que hay en las tiendas de recuerdos. Entre Illescas y Esquivias (donde el autor contrajo matrimonio y pasó varios años en la casona del siglo XVI que aún puede visitarse) hay un lugar conocido como Mirador de Cervantes. Lo que veía el manco de Lepanto era el campo toledano, abierto y diáfano. Ahora se encontraría con la escultura de una pareja abrazada, de tamaño natural, mirando a una gran roca blanca en donde hay unas frases inscritas bajo un relieve del escritor. La pareja es de un realismo nauseabundo. Todos estos caminos están repletos de anuncios para los cuales utilizan como reclamo las figuras y siluetas de Don Quijote y Sancho. En las Pedroñeras, la capital del ajo, el gordo escudero saluda, con gorro de payaso, a los visitantes blandiendo una gran ristra. En otros lugares anuncian: pan, vino, restaurantes, discotecas, gasolineras, locales de alterne, y un sinfín de productos. En Alcázar de San Juan, donde los nativos defienden que fue allí donde nació Cervantes, hay erigido un busto de Don Quijote. Mira al cielo, tocado con su bacía, sosteniendo con el único brazo -el otro se lo amputó completamente el artista- una lanza que cercana ya a su punta se ha convertido en las alas de un avión a reacción. En la Venta de Puerto Lápice donde pudo Don Quijote armarse caballero, los turistas se abrazan a una escultura sifilítica. Este museo horripilante, al aire libre, tiene otros ejemplos infamantes que resumiré en el enorme monumento levantado en Ciudad Real. Don Quijote, en una abstracción futurista de la Guerra de las Galaxias, se alza sobre un podium altísimo. No es una figura realista, sino una macabra geometría. Prefiero no recordar los nombres de estos carniceros de la estética y el arte. ¿Por qué se permite semejante desaguisado? ¿Es necesario representar de tal indigna manera la ficción literaria? ¿Hasta qué punto de oprobio ha llegado el gusto de las gentes? Don Quijote, Cervantes también combatía contra él. Yo regreso, a la vista de tanta ignominia, como el propio caballero «vencido de sí mismo», vencido de mí mismo. Sólo se me ocurre limpiar estos caminos de semejantes imágenes patibularias y trasladarlas al mejor Museo de los Horrores, el Valle de los Caídos.