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OPINIÓN

PEDRO VILLALAR

04 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

El ex-lehendakari Ardanza no es un disidente del PNV. Mantiene actualmente la presidencia de una empresa pública vasca y buenas relaciones con la cúpula nacionalista. En su conferencia del martes estuvieron presentes el portavoz del Gobierno vasco y cuatro consejeros, así como los diputados generales de Guipúzcoa y Vizcaya. Y su mensaje, coherente con sus 14 años al frente del Gobieno vasco, estuvo en las antípodas del que actualmente mantienen el tándem Arzallus-Egíbar: para Ardanza, la fórmula ideal del gobierno del País Vasco es un Gobierno plural, de nacionalistas y no nacionalistas, basado en un Estatuto que debe seguir siendo punto de encuentro de la inmensa mayoría del pueblo vasco. Ardanza propugnó asimismo la ruptura, «mediante un pacto entre todos los partidos democráticos», de «la vinculación que los terroristas quieren establecer entre su violencia y le conflicto político». Y, por supuesto, añadió que «de ETA no sólo nos separan a los nacionalistas democráticos los medios sino los fines». ¿Cómo es posible que el nacionalismo democrático lance este mensaje, tan asumible, y a su vez el contrario, sin el menor rubor? ¿A quién hay que creer? ¿A Ardanza o a Arzallus? ¿O acaso el nacionalismo piensa enredarnos a todos en la confusión mediante la utilización indecorosa del orwelliano «doble lenguaje»?