XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
01 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.¿Qué esperan los curas para hacer rogativas? ¿Es que no queda ningún cristiano que crea en que la lluvia cae porque Dios lo manda? Ese es el problema: que los obispos tienen miedo a fallar si ordenan rogativas, y prefieren ver el milagro antes de pedirlo; y que, habiéndole tomado el gusto al Estado laico -!egalité, fraternité, liberté!- ningún cristiano español se atreve a coger un santo, atornillarlo al anda, y salir por la calle rezando letanías. Todo empezó -¡como siempre!- por orden de Fraga. No podía tolerar que, después de introducir en el Guinness la tortilla de Carcacía, la queimada de la piscina y la chimenea de As Pontes, el récord de lluvia -fijado en 40 días y 40 noches- permaneciese en manos de Noé. Pero ya se sabe que la alegría es efímera en casa del pobre, y muy pronto se vio que, una vez batida la marca del Diluvio, no íbamos a escapar al destino de los aprendices de brujo. Y así bajan las aguas, sin que nadie pueda cerrar las compuertas del cielo, llevándose con furia nuestras cosechas, nuestra alegría y las esencias patrias del país de los mil ríos. ¿Qué dirá el doctor Sixto Seco para convencernos de que Rosalía sigue siendo -«¡Cómo chove miudiño / cómo miudiño chove...!»- la voz nacional de los gallegos? ¿Quién de nosotros no habrá desertado del «monótono fungar» de aquellos pinos ribereños, convertidos por Pondal en épicos despertadores de la «nación de Breogán»? ¿Dónde habrá ido a parar la «sangre quente e roxa» que tiñó la Frouxeira la noche en que «mercamos o dereito a libertar a Terra»? La lluvia se lleva nuestras cosechas y nuestros símbolos, y hay que hacer lo que sea para poner a salvo los escasos muebles que aún nos quedan para amueblar nuestra patria. Antes de que los italianos atinasen con la fantástica idea de echar todas las culpas sobre el Gobierno, ya los romanos habían intuido que la lluvia -«pluvia superfluit, causa christiani»- no cae porque sí. Y por eso me parece suicida seguir así, viendo llover y hablando del tiempo, como si fuésemos extras de «La Biblia». Entre vacas locas, barcos amarrados, opas foráneas y el comando Zapaburu, hay que evitar que este fenómeno que nos define como «gallegos de lluvia y calma» se convierta en pura plaga. Y por eso, después de consultar el misal, quiero recordarle a los curas cómo se reza: «Quaesumus, omnipotens Deus, clementiam tuam ut inundantiam coerceas imbrium, et hilaritatem vultus tui...». Amén.