DESPERTAR A LOS DURMIENTES

La Voz

OPINIÓN

CÉSAR ANTONIO MOLINA

29 mar 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Si no fuera por mi amigo A. M., yo tampoco sabría nada sobre la criogenización, ni siquiera sobre el significado de esta palabra. Pero al mostrarle cierto interés, cada vez que nos encontramos me pone al día. La criogenización es un sistema de conservación de las estructuras biológicas mediante el frío. Es diferente de la hibernación, pues ésta es la suspensión temporal de la actividad vital de determinados seres vivos; mientras que el otro modo actúa, en el caso del hombre, sobre personas declaradas legalmente muertas pero sin que haya aparecido la muerte clínica ni la biológica. Es decir, mi amigo será congelado, en su momento, y trasladado a un centro de mantenimiento en USA o Inglaterra. Allí esperará a que futuros descubrimientos médicos le curen la enfermedad y lo puedan retornar nuevamente sano a la vida, décadas o siglos después. La Sociedad Española de Criogenización, entre otros fines, tiene los de conseguir, por métodos médico-científicos, la prolongación de la vida, manteniendo la propia identidad de la persona, así como la plenitud de todas sus facultades físicas y mentales. Este deseo humano de volver a existir tras una prolongada dormición, es ya antiguo. Hay poemas y relatos que lo cuentan ingenuamente, e incluso la Iglesia Católica santificó a los siete hermanos durmientes de Efeso: Maximiano, Malco, Martiniano, Dionisio, Juan, Serapión y Constantino. Escondidos en una cueva para evitar la persecución fue luego sellada como castigo. Allí permanecieron encerrados ciento setenta y siete años, aunque otros dicen que superaron los trescientos. Cuando los encontraron, estaban como dormidos y resucitaron. Dormidos porque la muerte de los justos se llama, en la Sagrada Escritura: sueño; y el lugar donde sus cuerpos son sepultados: cimenterios, es decir, dormitorios. Los de Efeso resucitaron espiritualmente; mientras que los durmientes de la criogenización resucitan de nuevo a lo material, a lo mortal. Giuseppe Balsamo tenía un nombre distinto en cada país, pero por el que más se le conoce es por el de Cagliostro. Prometió regresar a la vida cuando hubiese adquirido tres dones: ver a través de los cuerpos, la ubicuidad y conocer todos los idiomas de la tierra. Las diferentes tumbas que se le suponen, entre ellas una en Urbino, aparecieron vacías, y todavía nadie ha dado cuenta de su retorno. A mi me gustan estos precursores, estos socios honorarios de la criogenización que, sin razones científicas, se han ausentado de la muerte y aún se les espera. Por ejemplo, el conde de Saint-Germain fue enterrado en un bosque de Salzburgo. Cuando se abrió años después su ataúd, únicamente se encontró un anillo formado por una serpiente que tenía en su boca una manzana atravesada por una flecha. Me gustan estos escapistas de la vida y de la muerte. Sin embargo prefiero afrontarla, no renunciar a ese viaje, a esa metamorfosis. Regresar a la tierra, ¿para qué? A un mundo en soledad que ya no es el tuyo, sino quizás el de los simios y tener que volver a morir otra vez. Nadie me hará renunciar a ese viaje supremo, único. A mí me gusta aquel verso de Miguel de Cervantes que dice: «¿Quién mejorará mi suerte? / La muerte».