CIENCIA Y POESÍA

La Voz

OPINIÓN

JOSÉ A. PONTE FAR

26 mar 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Vivimos en un mundo en el que ya sólo tiene prestigio la técnica, y, como añadidura, lo científico. La escalada de los grandes inventos técnicos que se produjo en el mundo en los últimos veinticinco años no sólo causa pasmo entre la inmensa mayoría de los contemporáneos, no sólo está transformando vidas y costumbres con más intensidad que los veinte siglos anteriores, sino que amenaza con transformarnos en seres tecnificados y reciclables tal como requiere la tecnología punta. España fue, tradicionalmente, un país más proclive a las Humanidades que a la Ciencia. No hay más que recordar alguna frase célebre, que sólo se podría haber pronunciado de Pirineos para abajo, como el «que inventen ellos» o «la tiranía de los laboratorios». España ha sido siempre un país con muchos y excelentes filólogos, novelistas, historiadores, poetas, dramaturgos, juristas, y hasta ensayistas, pero con escasísimos científicos de altura. Claro que tampoco se le pueden pedir peras al olmo. Nunca hubo un duro para la investigación; y la Ciencia, históricamente, se resintió de esto. Todavía hoy, España es el país que, sin el más mínimo sonrojo, invierte en investigación ¡menos de la mitad! de lo que invierten Francia o Inglaterra, sin ir más lejos. Tendencia a tecnificar Pero, por todo lo anterior y seguramente como consecuencia del complejo histórico que arrastramos, hoy queremos tecnificar todo, hasta las Humanidades. En los Planes de Estudio de la Enseñanza Secundaria, por ejemplo, se orilla la literatura para gramaticalizar, de forma inapropiada, a los alumnos: la estructura de la frase, los componentes internos de las palabras, las conexiones sintácticas de complementos y suplementos, hiperónimos y semantemas... todo es medible; todo, más ajustable y racional, y más demostrable. Pero no queda ahí la cosa. También hay intentos para, de alguna manera, someter a normas y medidas, a esquemas rígidos, el texto literario. Y el afán de todo libro de texto actual es el de comprobar la «estructura interna del poema»; el desmontar, como si fuera un puzzle prefabricado, el texto literario, y también expresar, lo más precisa y brevemente posible, la intención del poeta a la hora de escribir el poema. Creo que estamos olvidándonos de que en la obra de arte -un buen poema lo es- tiene que haber algo inexplicable, algo ambiguo, abierto a múltiples interpretaciones. Además, ni siquiera tiene por qué haber interpretaciones explícitas. El poeta, en el proceso de creación, abre, de vez en cuando, una especie de trampilla que separa lo racional de lo intuitivo, por la que se le cuela el mundo del subconsciente. Y ahí sólo podemos valorar la belleza de las imágenes o la fuerza de las sensaciones, pero nunca buscar explicaciones últimas. El poema Pues, ¿cómo podemos racionalizar, por ejemplo, «¡Qué ríos puestos de pie / vislumbra su fantasía!», que escribió Federico García Lorca? El poema es como nuestra historia íntima: nadie debe pretender llegar hasta los últimos recovecos.