XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
20 mar 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Mientras entierran a Froilán Elespe (q.e.p.d), vamos a hablar de inmigración. Porque es una buena manera de estar frente a ETA. Si algo caracteriza la pastoral sobre inmigración, que se leyó el domingo en las iglesias de Madrid, es su utopismo evangélico, resuelto en una idílica igualdad de todos los hombres que, en nombre del Dios creador, pasan sobre las fronteras como Perico por su casa. Y por eso se equivoca Rajoy: porque, en vez de enfrentarse con inteligencia a las tesis del cardenal, lo despachó en dos palabras y le acusó de hacer política, cuando sólo hacía pastoral. Y si algo caracteriza la propuesta negociadora de Rodríguez Zapatero es, exactamente, lo contrario: la nítida distinción entre el correcto lenguaje del humanismo sin fronteras y la difícil aplicación cotidiana de sus principios. Y por eso erró de nuevo el ministro: porque despreció una oportunidad de oro para gobernar, sin demagogia, su más enrevesado problema. Pero, si vamos al fondo, veremos que el desencuentro no es nuevo, ni nace en Rajoy. Con la asignatura de Religión y el pacto antiterrorista, los españoles empezamos a percibir que, más allá del incipiente distanciamiento entre el PP y los obispos -que muchos celebramos con cristiano regocijo- lo que de verdad escenifican Aznar y Rouco Varela es un simple cabreo entre la derecha española y la Iglesia Católica que sólo puede explicarse por haber instrumentado burdamente su proximidad. Y, hablando del PSOE, parece obvio que el PP no busca una leal oposición, sino una crisis de alternativas que lo convierta en la salida más razonable para la gobernación de España. A la Iglesia le encantaba el triunfo del PP, que, además de restaurar su disminuido poder fáctico, iba a propiciar la revisión de las políticas del PSOE. Y al PP le molaba una Iglesia -y sobre todo una COPE- alineada con la derecha, en contra del felipismo inexpugnable. A Rodríguez Zapatero le gustaba jugar a las instituciones, para distanciar su emergente figura del partidismo ramplón. Y a Aznar le gustaba esa oposición sin mordiente, que está dispuesta a chupar rueda para llegar a la meta. Por eso acabaron a cara de perro, con un Gobierno desautorizado donde más le duele, y con un recurso de inconstitucionalidad que hace chirriar la política de inmigración. Porque al buen gobierno le gustan más los agrios debates que los dulces pasteleos. Son menos indigestos y tienen más vitaminas.