FERNANDO GONZÁLEZ LAXE
08 mar 2001 . Actualizado a las 06:00 h.La globalización acelera los procesos de terciarización y de la producción flexible con objeto de afrontar el desarrollo económico con mayor intensidad. Esta dinámica arrastra, en consecuencia, unas tendencias marcadas por los procesos de transformación y de distribución productiva tanto de los países como de las ciudades. Así las cosas, las ciudades medias en Europa están dejando de ser y de asumir el papel de simples contenedores industriales, especialmente en las áreas metropolitanas, para iniciar una dinámica diferente a partir de la utilización de las dotaciones tecnológicas y de los recursos humanos; e incluso sobre la base de sus propios recursos históricos, artísticos y paisajísticos. Las políticas de desarrollo local han debido de imponerse ante la insuficiencia del papel que ejercía el Estado como dinamizador económico de las ciudades y de las regiones, debiendo las administraciones locales sustituir a la Administración central para encontrar soluciones que frenasen el creciente desempleo, o impulsar acciones para atraer capitales y proyectos de inversión, por poner dos ejemplos sencillos. La descentralización de la actividad industrial, la industrialización local, la introducción de nuevas tecnologías, la pérdida de competitividad de ciertos sectores industriales ante la competencia del tercer mundo y del auge que adquiere la new economy, están cambiando la dinámica económica de las ciudades medias y de las regiones periféricas. El modelo de acumulación del capital se ha transformado y, por tanto, la gran industria ha perdido protagonismo en favor de las pequeñas y medianas empresas, que ayudadas por los efectos positivos de la globalización y de la segmentación productiva, encuentran los espacios de mercado necesarios en donde competir. En todo este nuevo escenario surgen, con fuerza, las ciudades y áreas medias europeas que buscan revitalizar sus economías mediante la planificación estratégica, para la que se tienen en cuenta las características de su territorio; el entorno económico; la capacidad productiva, social, económica, y las infraestructuras. En los inicios de la década de los noventa se pusieron en marcha planes en muchas ciudades para la creación de espacios de desarrollo económico para la instalación de nuevas empresas. Se crearon oficinas de promoción económica que ofertaban la localización de empresas en los mencionados espacios. Aunque este concepto siga manteniéndose, ya que sus acciones son imprescindibles y necesarias, se requiere dar un paso más, y añadir el nuevo concepto de management de una ciudad. Muchas ciudades viven del monocultivo industrial o económico, mostrando una dependencia absoluta de una empresa o de un sector de actividad. Los dirigentes económicos y políticos de esas áreas y ciudades, al no preocuparse o despreocuparse de buscar soluciones alternativas en los momentos en los que la coyuntura cambia y se transforman las necesidades del mercado, abocan a sus urbes a una crisis estructural de difícil salida. Es evidente, por lo tanto, que el desarrollo estratégico que se ha de aplicar no se basa en el crecimiento de un solo sector económico sino de todo un conjunto de ramas productivas y de servicios. Los nuevos esquemas que se aplican se centran en un aprovechamiento de todos los recursos que ofrece una urbe, desde los industriales a los del territorio, del comercio, de su capacidad de know-how, de su patrimonio, e incluso de su sociedad. De ahí que determinadas ciudades asuman su papel de transformación urbana, social y económica. Ejemplos los hay. Sttutgart, Lille, Estocolmo, Strasbourg, Birmingham, Munich, Nantes, etcétera. Todas ellas han desarrollado estrategias de crecimiento y de prospectiva en la definición de su futuro, dibujando su desarrollo y posicionamiento en un contexto de globalización y de rivalidad competitiva. La necesidad de inferir el nuevo concepto del management de las ciudades, que tenga por objetivo favorecer el crecimiento económico, posicionarse frente al nuevo entorno y adaptarse a las nuevas tendencias sociales, entre otros, es lo que definirá el grado y el nivel de atracción; esto es, la capacidad de seducción de las ciudades y sus áreas metropolitanas que, como es de suponer, deben incluir nuevas técnicas de gestión y nuevas estrategias de crecimiento.