LA LLUVIA

La Voz

OPINIÓN

MANUEL ALCÁNTARA

13 feb 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Los clientes de los psiquiatras, muchos de los cuales tienen razón, son más numerosos que nunca. Se atribuye a que ha llovido mucho y el agua, cuando cae del cielo persiguiéndose a sí misma, determina estados de tristeza. No sé. Supongo que para un meridional ver un cielo de estaño durante días puede ser deprimente: Pero quizá el nórdico se deprima al ver cómo rebota el sol en la raqueta hirsuta de una chumbera. Total, que nunca escampa a gusto de todos. Crecen los casos de depresión y a algo hay que achacarlo. Me refiero a las depresiones sin causa, ya que cuando existen motivos que las justifiquen no pueden llamarse así. Pasa como con quien tiene complejo de inferioridad: si es verdaderamente inferior no se trata de un complejo. Los fisiólogos hablan de la ausencia o escasez de una sustancia orgánica que tiene nombre de cupletista: la serotonina. Sin ella, se nos cae el alma a los pies, con riesgo de pisarla, pero no hay que descartar el influjo del clima. Borges habló de «la lluvia minuciosa» y descubrió que es algo que sucede en el pasado. Miguel Hernández alude a «la lluviosa pena», pero la pena no es exactamente lo que llamamos depresión, que es algo más penoso, ya que no depende de los avatares de la vida. Tampoco la pena es igual que el dolor. Dice una copla andaluza: «Yo no canto por cantar,/ ni por sentirme la voz./ Canto porque no se junten/ la pena con el dolor». Lo cierto es que siempre que nos derrumbamos tenemos que levantarnos en nuestros propios brazos y eso cuesta mucho. Así que lo mejor es tener ánimo y echarle valor, pase lo que pase. Arriba los corazones y vivir, que son cuatro días. Y dos lloviendo.