TAMBIÉN LE PASÓ A CARLOMAGNO

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS

11 feb 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

También Carlomagno -como Pujol, como Fraga, como Aznar o como Arzalluz- había reunido un enorme imperio. También él se había hecho imprescindible para el pueblo franco, y había enhebrado sobre su augusta persona todos los hilos del poder. Pero -¡cosas de Dios bendito!- también Carlomagno se murió, y, no teniendo sucesor posible, toda su inmensa obra se vino abajo como un castillo de naipes. Claro que al lado de Carlomagno había hombres como Alcuino de York, el obispo Turpín y Eginhardo, que pusieron los cimientos ideológicos de una nueva Europa, desligada de las pasajeras estructuras militares y administrativas del señor de Aquisgrán. Pero mucho me temo que aquella labor cultural y política no pueda ser imitada por sabios como Artur Mas, Pepe Cuiña, Joseba Egibar y Eduardo Zaplana, y que los actuales imperios partidarios estén llamados a ser simplemente demolidos, para dejar paso al necesario e inminente futuro. Casi sin darnos cuenta -distraídos, quizá, por la crisis del felipismo-, nos hemos encontrado en una España convertida en hervidero de sucesiones imposibles, donde casi todo lo que hay se acaba y casi todo lo que viene está por hacer. Y de ahí se deriva un vértigo de actualidad que recuerda la Transición, cuando hubo que llenar el vacío del extinto franquismo. Dice Fraga que sus próximas elecciones serán -¡de verdad!- las últimas. Jordi Pujol ya nombró hereu. Arzalluz está jugando la prórroga, y a Aznar se le acaba el tiempo que fijó su propia profecía. Y, por si eso no fuese suficiente, también Bono, Rodríguez Ibarra y Chaves están más vistos que el TBO, mientras los demás van tirando, como pueden, con liderazgos de segunda división. Por eso estamos abocados a replantear la gobernación del Estado en unos términos que sólo el PSOE -¿quién lo iba a decir?- parece tener encarrilados. En una democracia madura, con partidos bien organizados y liderazgos modernos, sería muy difícil que una similar concentración de liderazgos carismáticos nos pusiese a casi todos en problemas de herencia. Y menos aún sería posible que estos juegos de salón proyectasen sus efectos sobre las respectivas oposiciones. Pero, a lo que se ve, todavía estamos en plena Transición, sin que algunos partidos y comunidades autónomas hayan aprendido a superar su burda dependencia de líderes providenciales. Y es que -con Pujol o Carlomagno- es más difícil ser útil que hacerse imprescindible.