EL NUEVO RUMBO

La Voz

OPINIÓN

ENRIQUE VÁZQUEZ

08 feb 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Si usted pregunta a Ariel (Arik) Sharon si es hostil al proceso de paz le dirá que no y se remitirá a sus declaraciones al respecto: nunca lo ha denunciado, cree que debe haber un Estado palestino y cooperó con tal proceso cuando fue ministro de Exteriores en el último gabinete Netanyahu... Técnicamente, no miente el nuevo primer ministro de Israel (62,5% de votos contra 37,5% a Ehud Barak y una abstención del 40%). En cambio es hostil a la expresión formal del proceso, los Acuerdos de Oslo, que -también lo dijo- están muertos, aprobados en su día por el Parlamento a petición de Isaac Rabin, que los vio ratificados por un voto. Son un instrumento vinculante pero un marco genérico, y Sharon los cree compatibles con su paz. En resumen: estado palestino sobre dos tercios de Gaza y un 40% de Cisjordania, Jerusalén, colonias, valle del Jordán y altos sirios del Golán bajo soberanía israelí para siempre jamás, y el Estado palestino resultante (con un túnel entre Ramallah y Nablus que posibilite su continuidad territorial) por completo desmilitarizado. ¿Sabe el general Sharon que este plan es inviable? Sí. Y por eso, para no denunciarlo, propone que, vista la imposibilidad de alcanzar un tratado y el fin del conflicto, se llegue a un compromiso intermedio, un acuerdo de no beligerancia que sería aplicado por etapas... La cuadratura del círculo: los palestinos, en todos los escenarios, deberían cesar por completo la violencia (fin de la intifada) y acomodarse a una especie de benévola cohabitación concentrados en las áreas pobladas ya transferidas. Y punto. Lo que hace inverosímil todo esto es el clásico factor humano tan valorado por Graham Greene: lo probable es que la resistencia palestina no esté de acuerdo. Ha dejado ya casi 400 muertos sobre el terreno, su gente vive confinada de hecho en territorios bloqueados y a merced del ejército de ocupación y tiene poco más que perder. Y quedan, además, los contextos regional e internacional. Los gobiernos árabes están perplejos, el de Damasco ya ha expresado sus temores comparando la elección de Sharon a una declaración de guerra y el silencio de Washington es glacial. El presidente Bush ha felicitado litúrgicamente al ganador y su administración se dice -también liturgia- dispuesta a «trabajar con cualquier gobierno israelí». ¿Y si Bush se mostrara, como podría ocurrir, poco dispuesto a respaldar una política ultra? ¿Y si dibujara una política de calculada indiferencia?