ANDRÉS ABERASTURI
22 ene 2001 . Actualizado a las 06:00 h.La investigación difundida ayer sobre el presidente de ANDE, una asociación dedicada a discapacitados y sus más que turbios negocios, resultará sin duda sobrecogedora para la mayoría de los ciudadanos, ajenos a este mundo complejo de las ONG, fundaciones y asociaciones. Para los que vivimos día a día desde dentro el devenir de todo esto, lo único que nos ha pillado de sorpresa es que por fin un medio de comunicación haga público lo que ya era conocido. Todo este escándalo verdaderamente miserable, como lo califica el editorial del periódico que lo ha publicado, tiene dos aspectos preocupantes: por una parte pone entredicho el movimiento asociativo, de tal suerte que en la conciencia de los que colaboran con alguna de estas instituciones es fácil que aparezca la duda -vieja duda- de a dónde van a parar sus donaciones. Pero el segundo aspecto resulta más peligroso. ANDE, como cualquier otra asociación, depende de un ministerio que es el responsable último de sus actuaciones y, a la vez, quien debe controlar las subvenciones y los créditos. Pues bien, como he dicho más arriba, de todos eran conocidos -dentro del mundo asociativo- los manejos del presidente de ANDE, que utilizaba rostros de famosos y famosas para enmascarar lo que hoy está saliendo a la luz y que no es nada -siendo tan grave- con lo que aún puede salir. Quien esto escribe puso en alerta con nombres y apellidos a los responsables de la Administración sobre lo que todos sabíamos era un negocio y no una obra filantrópica. Lo que se me ofrecía a cambio de mis sospechas era un encogimiento de hombros en el mejor de los casos o un «¡qué me vas a contar de ese tema!». Y me pregunto por qué. ¿Quién está detrás de este personaje digno de cualquier cosa menos de respeto para que ante un secreto a voces nadie haya tomado una iniciativa? ¿Va a servir este triste asunto para que la Administración se preocupe de a quién, por qué y para qué da el dinero de todos? El de hoy es un día felizmente triste.