ROBERTO L. BLANCO VALDÉS
22 ene 2001 . Actualizado a las 06:00 h.¡El soliño! Sosteniendo un cartel, blanco como las manos blancas que hemos alzado tantas veces, en el que había escrito su mensaje: «Hoy a las 20.00 horas los cachorros de ETA, Jarrai, van a celebrar una conferencia en esta sala Sargadelos. Hay que impedirlo. Ellos son los futuros asesinos de ETA». Fue en Pontevedra, el viernes 19. Eran las cinco de la tarde cuando el joven se plantaba ante la puerta. A las ocho, se le habían unido varias decenas de personas. Entonces el encargado del local dijo que lo habían engañado, que él no sabía que los conferenciantes fueran de Jarrai. Y el acto se dio por suspendido. Hemos podido conocerlo todo por La Voz, otra vez testigo imprescindible, que nos lo contaba al día siguiente, ofreciéndonos una imagen del suceso que vale más que mil palabras. No he vuelto, desde entonces, a saber nada del asunto: ni quién era el joven, ni su historia, ni si alguien le ha llamado o piensa hacerlo. Tampoco si el concesionario de la galería Sargadelos decía la verdad sobre el engaño: es muy probable, como lo es, quizá, que desconozca que el padre del propietario de la empresa que da nombre a su franquicia fue paseado por los falangistas en 1936. Sí tengo, no obstante, la absoluta convicción de que nadie hubiese prestado su local a quien hubiera querido hablar justificando lo sucedido en el gueto de Varsovia. O defendiendo por qué Franco hubo de fusilar a docenas de miles de personas después de 1939. No, nadie prestaría hoy sus locales para que alguien explicase que los blancos son superiores a los negros, o que las cámaras de gas fueron una invención de los judíos, o que Pinochet era sólo un luchador contra la subversión procomunista. Nada de eso es hoy posible en una sociedad que ha desarrollado un gran olfato para detectar a los farsantes... a menos que los farsantes hablen del complejo tema vasco, tan complejo, al parecer, que los que se pasean por ahí llamando a los pistoleros patriotas han de tener el mismo derecho a ser oídos que tienen los ciudadanos respetuosos con la ley. Salvo, claro, que se lo impida un David dispuesto a levantarse contra el Goliat de la indiferencia hija del cansancio y de la cobardía hija del miedo. No lo tuvimos en la Universidad compostelana, institución cinco veces centenaria, donde los de Jarrai se han paseado como Pedro por su casa. Es nuestra responsabilidad. Y, también, nuestra vergüenza.