ROBERTO L. BLANCO VALDÉS
07 ene 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Le he oído contar la anécdota a Augusto Assía varias veces. Visitaba él, junto con un profesor alemán muy prestigioso, a Valle Inclán en su casa de Madrid, cuando el teutón comenzó a pontificar sobre las fronteras que dividían a la ciudadanía en su país: las políticas, las religiosas, las sociales. De repente, Don Ramón lo paró en seco y le espetó: «Puez mire uzted, querido amigo: en Ezpaña la única frontera de verdaz ez la del Tajo». ¡Sabio Valle! Si me permiten la inmodestia de la cita, yo creo también, como nuestro paisano más ilustre, que la mayor frontera que divide a los gallegos no es política, religiosa o económica: es la del tiempo. Entiéndaseme bien: la del tiempo, en el sentido de que a unos -es mi caso- el mal tiempo nos resulta insoportable, mientras a otros les parece de perillas. Para los de mi bando, este diluvio universal que hace semanas padecemos es, pongo por caso, una tortura psicológica, que nos hace sentirnos, por momentos, los seres más desgraciados de la tierra. Y, sin embargo, es suficiente con leer el reportaje que ayer publicó este periódico sobre la vida de nuestros marineros en tierra por la fuerza, para sentirse un poco señoritos del carajo. Pues el tiempo es para miles de gallegos, sencillamente, un instrumento de trabajo. Por ejemplo, para Vicente Vázquez, de A Mariña, armador, patrón y tripulante de una lancha con la que faena en San Cibrao. O para Jaime Calviño, cuyo barco está amarrado desde hace semanas en el puerto de Marín. O para Carlos Suárez, pescador de bajura de A Coruña, convencido de que nada se puede hacer frente a un clima ingobernable. Para ellos, como para los miles de marineros de Galicia que están en dique seco, el mal tiempo no es sólo una molestia que impide pasear. No, para todos ellos el mal tiempo es una auténtica catástrofe, que los pone al borde de la quiebra. Una catástrofe ante la cual tienen el derecho de esperar la solidaridad de sus paisanos, a través de las instituciones que los representan en Galicia y en Madrid. De no producirse finalmente, este abandono no llevará a nuestros marineros a confiar menos en el mar. Como O Rifante, aquel patrón sobre el que nos contara una maravillosa historia Castelao, los pescadores tienen en el mar una confianza inagotable. Por eso, cuando les falla, no podemos fallarles los demás. Porque es en nosotros, y en quienes hoy nos representan, en quienes dejarán de confiar.