EL URANIO EMPOBRECIDO DE LA OTAN

La Voz

OPINIÓN

LUIS OTERO FERNÁNDEZ

04 ene 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

La primera guerra librada oficialmente por la OTAN, contra la Yugoslavia residual de fin del siglo XX, pareció terminar con un triunfo total: el ejército enemigo derrotado, los objetivos territoriales (Kosovo) conquistados y, como del éxito, todo ello conseguido sin tener ni una sola baja propia. Cierto es que la población civil serbia y kosovar sufrió grandes penalidades y que la economía yugoslava quedó arrasada, pero estos daños parecían las consecuencias lógicas de cualquier guerra e incluso el lenguaje dominante contribuyó también a suavizar sus efectos, quedando todo como efectos colaterales, acciones humanitarias, etc. El nuevo modelo de combate, empleado ya con iguales resultados por la gran alianza dirigida por EE UU en la Guerra del Golfo, estuvo basado, como entonces, en el empleo masivo de las nuevas tecnologías (comunicaciones, informática, imagen, potencia destructiva a distancia). Su éxito parece sin embargo quedar en entredicho en los últimos meses, al constatarse que soldados de los ejércitos europeos de la OTAN (italianos, belgas, portugueses, españoles) que estuvieron antes o después en las zonas de combate, empiezan a verse afectados de leucemia e incluso algunos han fallecido en un proceso acelerado. Sin duda, la investigación de la relación causa-efecto del uranio (empobrecido o no) de los proyectiles utilizados y los procesos cancerosos, será importante para la prevención de los riesgos para la salud, aunque dichos riesgos se daban por conocidos, incluso ya en la España de la bomba atómica de Palomares. También puede ser ilustrativo para los países de segunda fila en una organización como la OTAN, liderada por los poderosos Estados Unidos, comprobar cómo la asignación de riesgos queda diluida en la maraña de intereses económicos, repartos de poder y convenciones estratégicas. Pero por encima de cualquier otra consideración, habría que convenir que estos efectos tardíos de aquella guerra son sólo una mínima parte del conjunto de perversión que supone el empleo de la violencia bélica como forma de solucionar cualquier conflicto. Porque, ¿cuántos casos de leucemia no habrá entre los ciudadanos que recibieron los bombardeos, si es que no perecieron en las explosiones? ¿Y sus hogares deshechos? ¿Y la miseria, el terror, el odio desencadenado? Ninguna guerra es humanitaria. La paz no puede basarse en las armas. Las secuelas de las terribles guerras del siglo XX están presentes: minas activas años después de los conflictos y muertos y mutilados en consecuencia, millones de desplazados, convivencias imposibles, racismo, xenofobia... Por todo ello, las inversiones en investigación para el desarrollo de tecnologías de guerra nunca podrán estar justificadas en este mundo que se asoma al nuevo milenio, desgarrado por los conflictos de los anteriores. Sólo una mentalidad universal de rechazo al uso de la violencia en cualquiera de sus formas, podrá liberarnos definitivamente del fantasma de nuestra propia autodestrucción.