XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
02 ene 2001 . Actualizado a las 06:00 h.La primera tentanción del comentarista es agarrarse al 3 % de retroceso que experimenta el voto conservador, y ponerse a hacer cábalas sobre las múltiples posibilidades que se abren para gobernar Galicia. Pero ya se sabe que la experiencia es un grado, y que tan soberana maestra no permite ver en las cifras del barómetro de invierno nada distinto de lo que viene sucediendo en los últimos años. El primer fundamento de esta visión estriba en que la larga distancia que hay entre las expectativas de voto del PP (34,1 %) y las del BNG y el PSOE (33,5 %) nos obliga a escoger entre una alternativa físicamente visible, que representa Fraga, y una combinación gaseosa e incierta que los propios partidos implicados se niegan a consolidar antes de los comicios. Y, cuando al votante se le obliga a escoger entre lo malo conocido y lo bueno por conocer, ya se sabe que suele optar por lo primero. La segunda razón de esta inercia es la incapacidad que muestra la izquierda para morder voto en los cotos del PP. Cuando sube el BNG es porque baja el PSOE, y cuando se alivia la complicada situación del PSOE es porque aflojan las cuadernas del BNG. Que el PP pierda algunos puntos depende sólo de la abstención o de los votos inútiles. Y eso, ya se sabe, no sirve para instrumentar un cambio efectivo. El tercer motivo es la conformidad que muestran los gallegos con el liderazgo de Fraga, cuya imagen se proyecta sin mancha ni pecado por encima de las interminables obras de Pedrafita, del bochorno general de las vacas locas y cuerdas, y de un rancio discurso político que contrapone el virtual país de los milagros con la fría realidad de las estadísticas. Los barómetros sociológicos admiten dos tipos de lecturas. Una que juega con décimas y porcentajes, que siempre confirma nuestros prejuicios; y otra que se enfrenta a la pregunta sobre lo que puede pasar aquí, que es, a la postre, lo que más nos interesa. Y en este punto hay que decir que el barómetro públicado por La Voz de Galicia no deja lugar a dudas: aquí sólo puede pasar una cosa, y el cambio de rumbo político, muy necesario por cierto, tendrá que esperar a que San Juan baje el dedo. Algunos verán también un tenue efecto Zapatero, o la gran esperanza de una juventud formada e insatisfecha. Pero yo me temo que en las próximas elecciones todavía nos las tendremos que arreglar con esta simple disyuntiva: «seguir así... o continuar como estamos».