SAQUEAR Y CONSERVAR

La Voz

OPINIÓN

CÉSAR ANTONIO MOLINA

28 dic 2000 . Actualizado a las 06:00 h.

Un día, a mi mejor alcalde, Francisco Vázquez, se le presentaron un grupo de legionarios locales. Conocedores de que las llaves de la ciudad se encontraban en la Gran Bretaña, se ofrecieron a ir a rescatarlas. El alcalde de A Coruña, sorprendido por semejante acto de pundonor y valentía ciudadana, agasajó a los voluntarios y, con su proverbial ironía, les hizo saber que la villa, ni militar ni políticamente, podía afrontar un incidente diplomático con la corona británica. En dicho acto se comprometió a tratar de recuperarlas pacíficamente. Así lo hizo. Envió una carta al director del Museo de Caernarvon y a otras autoridades. La respuesta fue siempre la misma: «Si les devolvemos sus llaves abriríamos un precedente que provocaría el vaciamiento de gran parte de los museos del país». Sin embargo, la pericia del regidor, hoy Sir, consiguió que al menos se pudiera hacer una copia, guardada no menos celosamente en la Plaza de María Pita que la original en el castillo galés. Los británicos no sólo se llevaron este símbolo de una victoria que no consiguieron, al tener que reembarcar las tropas de Moore, sino que siglos antes, Drake cargó con el ara en donde, según la leyenda céltica, juraban los descendientes de Breogán. Estaba a los pies de la Torre de Hércules y, aún hoy, sobre ella, juran los reyes del Támesis. ¿Agradecimiento? Comparto la indignación de mis conciudadanos, la de los atenienses, la de los cairotas, la de los romanos, etc. Pero en muchos casos no sé si habría que agradecerles antes a los saqueadores su afán coleccionista y conservador. ¿Hubieran sobrevivido la mayor parte de estas obras de arte en sus países de origen sometidas en muchos casos al desprecio y al abandono? No me refiero a la conciencia nacional que hoy existe, sino a la del tiempo en la que aquello se produjo. Estas llaves de A Coruña no eran las únicas que había; esta puerta, que cerró el capitán Fletcher para evitar la entrada de Soult, tampoco era la única. Había una gran muralla jalonada de puertas con sus llaves ¿Dónde están? Cuando a mediados del siglo XIX se tiraron todas las zonas defensivas, a nadie se le ocurrió guardar memoria. España, durante siglos, dilapidó su patrimonio. Aunque mi honor se vea mancillado, prefiero mirar las llaves de mi ciudad en Caernarvon que en ningún sitio. Fletcher se las llevó a su tierra, una de las naciones celtas. Pasaron de descendiente en descendiente hasta que se las cedieron al museo del Castillo de Caernarvon, una fortaleza del siglo XIII construída por Eduardo I, donde se coronan los Príncipes de Gales. Las llaves son apenas un objeto insignificante al lado de otras piezas valiosísimas. A Thomas Lloyd Fletcher deberíamos recordarlo como un custodia de nuestra historia. ¡Ojalá se hubiera llevado algo más para que pudiéramos todavía admirarlo! Por ejemplo, el castillo de San Carlos o la casa de galerías en donde murió su general, Moore, edificios vilmente derribados en los años sesenta. No me hubiera importado contemplarlos en Nerovis Hall, en el condado de Flintshire, en medio del campo, entre nieblas y la alta hierba.