LA RELIQUIA DE UN AMOR

La Voz

OPINIÓN

CÉSAR ANTONIO MOLINA

15 dic 2000 . Actualizado a las 06:00 h.

«En honor de Mina», Juana de Vega confiesa un amor vehemente por su esposo; y el mayor sacrificio que él hizo por su patria fue el «separarnos repetidas veces». Quedó viuda con treinta años. Jamás volvió a casarse y no tuvo más color de ropa que el negro. Parece ser que mandó embalsamar el cuerpo de su marido y lo retuvo con ella durante algún tiempo. Luego, antes de enterrarlo en la catedral de Pamplona, ordenó le quitaran el corazón. Lo conservó en una urna de ébano y plata dentro de un vaso de cristal y lo colocó en la mesilla de su dormitorio de A Coruña. En su testamento dejó ordenado que dicho miembro fuese sepultado con su cadáver en el cementerio de San Amaro. Cuando, durante la regencia del general Espartero, Duque de la Victoria, liberal pero no republicano, le ofrecieron ser aya de la joven Isabel II y de su hermana Luisa Fernanda, se resistió -no lo confiesa explícitamente en sus escritos, pero puede deducirse de sus comentarios- para no abandonar aquella reliquia: «La repugnancia que sentía a separarme de mi casa, por el consuelo que con tantos afanes había logrado tener dentro de ella». Finalmente estuvo en Palacio de 1841 al 43, cuando cayó Espartero y subió Narváez. Gran parte de sus Memorias abarcan estos tres años infernales en la Corte sobreviviendo a las intrigas y tratando de enseñarles a esas dos niñas el valor de la cultura y la convivencia. De poco les valió a la vista de los resultados. Las opiniones sobre ella en la prensa más reaccionaria como El Eco del Comercio, eran del siguiente calibre. La acusaban de descortesía y falta de respeto por las excesivas lecturas con que martirizaba a sus pupilas. La caída de sus mentores liberales así como el hostigamiento a que era sometida, la hicieron dimitir. Juana de Vega regresó a A Coruña, en 1843, para pasar allí sus últimos treinta años junto al corazón de su marido. La casa de la condesa estaba en la calle Real, frente a la Aduana, en un segundo piso (nº 56 de la antigua calle Acevedo). Todas las noches reunía una tertulia que transcurría desde las nueve hasta las once. Los muros del amplio salón estaban cubiertos por una biblioteca de caoba. Los cortinajes eran verdes, como verde era la pantalla de una gran lámpara de aceite de luz tibia y brillante; e igualmente el tapete de la larga mesa a cuya cabecera se sentaba la anciana. A veces, cuando la visitaba Concepción Arenal, ambas calcetaban. Al fondo del largo pasillo estaba el dormitorio. A través de las cristaleras de la puerta se percibía una luz imperceptible. Era la de una vela que custodiaba el relicario. En junio de 1872, a las diez, la luz se apagó y su último deseo fue cumplido.