¿DIGA 33?

La Voz

OPINIÓN

ROBERTO L BLANCO VALDÉS

05 dic 2000 . Actualizado a las 06:00 h.

Podría establecerse, sin apurar en nada la metáfora, un cierto paralelismo entre la Constitución y la salud. ¿Quién, estando sano, se preocupa de la última? ¿Quién, salvo un aprensivo, va por ahí dando el latazo a los galenos, cuando se siente como un roble? Es cierto que la salud es el mayor bien del que podemos disponer, el único que nos permite -¡o nos impide!- disfrutar de los placeres de la vida: del cine francés de arte y ensayo, las novelas de Pereda, los programas de Piñeiro o las baladas de Juan Pardo cantando a Remesar. Pero, curiosamente, a casi nadie parece preocuparle su salud... salvo, claro, cuando se esfuma o se quebranta. Y es que la salud sólo importa cuando falta. Con la Constitución pasa lo mismito. ¿Que por qué? Pues porque al igual que la salud, la Constitución no es por nadie objeto de atención, mientras no genera colisiones: en tales casos es como si la Constitución casi ni existiese. Sólo en el momento en que sus previsiones dejan de cumplirse normalmente o se cuestiona alguno de sus aspectos relevantes, pasa aquella del discretísimo lugar de la salud no amenazada al protagonismo arrollador de la salud descalabrada. Desde hace meses se habla mucho en España de la Constitución, lo que es inequívoca señal de que las cosas no van bien. Cabría imaginar -ahora sí habrán de permitirme que fuerce un poco el juego de los símiles- que si nuestra Constitución se fuera al médico, aquél le espetaría un «diga 33», pues podría pensarse que nuestra Constitución atraviese hoy dificultades comparables a la que su hermana mayor -la de 1931- pasó en 19(33): con un ejecutivo de derechas, la Constitución estaba amenazada por las reivindicaciones de los diferencialismos periféricos y sus valores puestos en cuestión por los que, pistola en mano, intentaban la revolución o la reacción. En efecto, podría pensarse, pero es falso: nada tienen que ver nuestras dificultades con, por ejemplo, las de 1933. Entre otras cosas, y aunque ésta no sea la principal explicación de las muchas diferencias entre aquel pasado y el presente, porque nada tiene que ver el espíritu de nuestra Constitución con el de que la que estaba vigente en 1933: mientras aquél era un texto que unos españoles impusieron a los otros, el actual expresa un consenso sin parangón en nuestra historia. Mal que les pese a las minoritarias minorías que, empecinadamente, se empeñan en negarlo.