LA GRAN FAENA

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS

03 dic 2000 . Actualizado a las 06:00 h.

Así lo hacía el Caudillo: por paquetes, metiendo en el mismo saco a los marginados, a los presos políticos y a los amigos del régimen, y escudando su caprichosa clemencia en la paz navideña o el jubileo compostelano. Más que un amplio acto de gracia, realizado al amparo de la fe cristiana o de la simbología milenarista, lo que hizo el Gobierno de Aznar no pasa de ser un acto muy gracioso, que, aprovechando con descaro la normativa del indulto, consigue resolver un problema que le quemaba en las manos, y que ya empezaba a ablandar la lealtad del batallón mediático que utilizó y jaleó la osadía procesal de Gómez de Liaño. La fórmula elegida, hay que decirlo, es ingeniosa: se coge la coctelera y se echan 460 insumisos, cuya prisión era desorbitada ab initio y abiertamente injusta desde que se superaron las claves que definían su delito. Luego se echan unas pingas de presos de Filesa, para atar al PSOE, y unas hojitas de Tani para agradar a las asociaciones de defensa de la mujer. Para quitarle el regusto amargo, se meten también algunos alcaldes del PER, el amiguete burgalés que tanto benefició al partido del líder, y algunos otros casos de menor cuantía. La guinda, como es obvio, se llama Gómez de Liaño, que tanto empeño puso en liquidar los últimos vestigios del felipismo y dejar expeditas las nuevas rutas de la escuadra popular. La chapuza, creo yo, no alcanza niveles de burla constitucional ni de enfrentamiento entre el Poder Ejecutivo y la Justicia, como algunos afectados han querido ver. Pero es evidente que supone una peligrosa banalización del indulto, que cada vez se parece más a una medida antijurisdiccional, que se emplea para darle en las narices a los jueces y garantizar un ámbito de impunidad para el poder y sus adláteres. Frente al acto de gracia singular, que implica una explicación de los criterios que excepcionan la responsabilidad penal y la igualdad ante la ley, los indultos en bloque constituyen una versión espuria del indulto general que la Constitución prohíbe, además de una forma torticera de disimular el injusto y escandaloso privilegio obtenido por Gómez de Liaño. La pregunta del millón es ésta: ¿por qué lo hacen así, si podían hacerlo bien? Porque están ebrios de poder y no necesitan las formas. Porque tienen el discurso único como antídoto de sus errores. Y porque están convencidos de que, cautivos de su liderazgo pastoso y ramplón, jamás se lo vamos a reprochar.