ARCAÍSMO DEMOCRÁTICO USA

La Voz

OPINIÓN

CARRERA HACIA LA CASA BLANCA JAIME MEILÁN, corresponsal de La Voz en Nueva York

08 nov 2000 . Actualizado a las 06:00 h.

La primera potencia mundial recuerda en ocasiones a los dirigentes de la FIFA. Como el balón lleva rodando con éxito tantas décadas por esos campos de Dios, enfatizan éstos, introducir cambios en el reglamento suele ser algo implanteable. Estados Unidos sigue rigiéndose por normas electorales arcaicas, pero mantiene que su modernización no es necesaria. Más importante, al parecer, es que les hayan sido históricamente útiles. En el fútbol, el inmovilismo ha permitido que las segadoras se impongan a los estilistas del gol. En la democracia más veterana podría conducir _por primera vez en más de cien años_ a que el Despacho Oval acabe en manos un candidato derrotado en las urnas. Si así ocurre, George Bush tendrá que dar las gracias a quienes hace dos siglos se encargaron de diseñar el proceso representativo de acuerdo con las circunstancias de la época. De consumarse, la del republicano será una victoria, en realidad, propia del siglo XVIII. Podrá ocupar el considerado cargo más poderoso del planeta a pesar de que la mayoría de los votantes estadounidenses _casi la mitad de la población ni siquiera acudió a las urnas_ se ha inclinado por otro candidato. Fenómenos similares al filo del cambio de milenio se antojan un despropósito de mal gusto. Claro que a Al Gore podrá acusársele de no haber arrollado. El legado recibido de Bill Clinton parecía invitar a un triunfo por goleada. Y el insípido vicepresidente, de fracasar, será recordado por dilapidar la herencia. Pero lo cierto es que a la hora de atraer al electorado lo ha hecho incluso mejor que el polémico político de Arkansas. Gore ha superado de largo el listón de los 48 millones de votos. Clinton, en 1992, no llegó a los 45. Y hace cuatro años, cuando se encontraba en su etapa más esplendorosa y se enfrentaba a un rival tan nulo como Bob Dole, tuvo que contentarse con menos de 46. A Clinton le valió el 43% de los sufragios para triunfar en los primeros comicios, y el 49% _la misma proporción atribuida a Gore_ en los de 1996. Gore ha conseguido los votos, pero puede resultar derrotado por inmovilismos que aún abrazan nociones de la prehistoria democrática. El voto electoral y el sistema de financiación de las campañas en EE UU convierten en ficción la idea de Gobierno del pueblo.