JOSÉ VARELA FAÍSCAS
27 oct 2000 . Actualizado a las 07:00 h.En el sector industrial tiene un nombre maldito: reconversión. Cuando la capacidad instalada excede las necesidades del mercado, los gestores del negocio promueven un aggiornamento que rara vez logra eludir el ajuste de plantillas. Al final, se trata de rescatar del naufragio la parte que puede resultar útil. Astilleros, siderurgia, bienes de equipo... conforman la inevitable estela del proceso de adecuación de la estructura industrial a unas necesidades iluminadas por el mercado. Ahora le llega el turno a la enseñanza. No hay alumnos suficientes para todos los profesores. Las aulas se van quedando vacías. El ránking de natalidad reserva a Galicia uno de los últimos puestos en un país que está a la cola de una Unión Europea perezosa a la hora de procrear. El futuro próximo confirma la tendencia. Si cada día la población mundial aumenta en un cuarto de millón de seres humanos, desde luego no es por el entusiasmo que le echan los gallegos: el crecimiento vegetativo en la comunidad es negativo. En estas circunstancias, es inevitable que en las escuelas se haya encendido la luz de alarma. En las escuelas y en los sindicatos docentes. Porque son dos cuestiones ligadas pero diferenciadas. El nuevo escenario escolar va a alterar las condiciones de trabajo de centenares de profesores gallegos y el anuncio de la Consellería de Educación de echar el candado a 259 aulas de infantil y primaria para el curso 2000-2001 no es sino una muestra. Pero también incidirá en las características de la docencia de millares de estudiantes. Ratio de alumnos por profesor, especialización de los profesores, prolongación de la edad de escolarización, seguimiento del rendimiento escolar y un sinfín de capítulos de esta índole merecen una reflexión. Ambos debates, sindical y educativo, no tienen por que eclipsarse. Sería una lástima dejar pasar la excelente oportunidad que ofrece el declive del censo escolar para abordar en serio la mejora de la enseñanza.