MIGUEL Á. RODRÍGUEZ
11 oct 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Fue el mar quien dibujó a Galicia. El aliento de su resaca le imprimió carácter a las gentes y su riqueza interior fue el cimiento sobre el que se edificó la economía de esta Baviera hispana. Los gallegos crecieron entre el azote y la caricia del océano; así curtieron el espíritu emprendedor que selló las primeras singladuras, el mismo que sigue secando hoy sus lágrimas cada vez que el abrazo de Neptuno sumerge una vida para siempre. La tradición pesquera de Galicia mamó de la lírica y la metáfora, pero hoy es prosa criolla y reseca para escarnio de un sector que no se apea de la crisis. Los gallegos pagan la osadía de haberse inventado caladeros donde nunca antes se habían sospechado. Abonan el peaje de la investigación de nuevas pesquerías y ricas especies. Fuimos nosotros los que exploramos el cono africano, quienes descubrimos el fletán y los que, allá por los 90, cambiamos el Atlántico por el Pacífico sur para capturar pez espada. La flota gallega utilizó puertos chilenos para exportar a Europa y Estados Unidos. Y sólo cuando Chile descubrió el negocio comenzó una singladura en los despachos para sortear sus continuos obstáculos. Primero se inventaron el «Mar Presencial» para apropiarse medio Pacífico Sur, después exigieron un complejo laboratorio a bordo de nuestros palangreros para presentar imposibles análisis zoosanitarios. Más tarde, sin estudio alguno por medio, aludieron a una pesquería «en plena explotación» y solicitaron nuestra expulsión. Hasta 1998, cuando ya usábamos Perú como alternativa a la cerrazón chilena, la UE no nos dio la razón. Ahora, Colombia y Ecuador se suman a la manifestación chilena y peruana para alejarnos de una pesquería con matrícula española. Y de nuevo Galicia navega en la incógnita del interés político que susciten sus exigencias. El problema chileno se debe resolver en un marco multilateral y no en un foro de enemigos. Todavía escocidos por la derrota en Canadá y el adiós a Marruecos, Galicia no está para más derrotas. Seguimos en manos de la UE, pero son malos tiempos para la lírica...