XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
10 oct 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Tras una atenta lectura del barómetro urbano publicado en La Voz de Galicia del pasado domingo, me parece oportuno destacar dos conclusiones básicas: que está muy claro lo que piensan y dicen los gallegos, y que es casi imposible saber de qué están hablando, en realidad, los encuestados. Porque, si bien se aprecia un alto grado de satisfacción con la gestión municipal de las ciudades, resulta casi imposible saber por qué los gallegos nos encontramos tan a gusto en un espacio urbano que aparece definido como un caos de tráfico, con servicios de agua y limpieza bastante deficientes, con un urbanismo caótico, disfuncional y de pésimo gusto y con grandes déficits en las políticas de promoción económica y de empleo. Claro que, después de hacer este diagnóstico, los propios ciudadanos se encargan de destacar los grandes logros de sus ciudades: el turismo y las fiestas (?), los deportes (?) los parques y jardines (?) y la política sobre la mujer (?). Dicho de otra forma: tengo la sensación de que cuando hablamos de nuestras ciudades y nuestros alcaldes hablamos de cualquier cosa menos de política, salvo que se entienda que la política no incluye la gestión de impuestos, la dotación de servicios básicos, la calidad de vida y todas esas cosas que tanto nos sorprenden cuando aterrizamos en ciertas ciudades europeas que, conocidas como emporios industriales o financieros, se nos antojan como bucólicas y silenciosas villas, llenas de parques, bicicletas, niños, campanas, canales y pájaros. Sólo la falta de un discurso político adecuado explica por qué los gallegos estamos tan felices en estas ciudades pequeñas que tan grandes nos parecen, confundiendo el sentido cosmopolita de la vida con el tráfico, la falta de aparcamientos, el colapso del transporte público, las filas de contenedores malolientes, las aceras convertidas en una carrera de obstáculos, los vespinos con escape abierto, las zanjas, y las tercermundistas movidas nocturnas. ¿Por qué nos gustan tanto los alcaldes? Porque son el reflejo de una modernidad llena de complejos y falta de contrastes externos; y porque, lejos de actuar como administradores de los recursos y del patrimonio común, se disfrazan de audaces conseguidores que salpican el caos con vistosos auditorios y museos. La satisfacción es un criterio subjetivo, totalmente compatible con el atraso real de la política municipal. Y en esa sutil contradicción está, a mi juicio, la gran lección del barómetro.