XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
28 sep 2000 . Actualizado a las 07:00 h.No me acuerdo cómo se llamaba, ni en qué distancia competía, pero no olvidaré que era negro y casi no sabía nadar. «Por si acaso _dijeron en Sydney_ hay que tener dispuesta una bandera y un himno de Guinea, no vaya a batir un récord y quedemos en rídículo». Pero todos sabían que el negro representaba a una nación sin piscinas ni entrenadores, y que tenía muchas más posibilidades de morir ahogado en aquel océano artificial que de subir al podio con la medalla de oro. Por eso me parece un error hablar de Juegos Olímpicos lejanos. Porque lo que de verdad nos queda a desmano es esa Guinea, vecina de Canarias, en la que todavía se habla español; mientras podemos reconocer como algo propio la omnipresente imagen de la Ópera, el refinado sport de las australianas, el derroche casi obsceno de las instalaciones deportivas y el elegante estilo con el que nadan los blancos. Más allá de las vanas retóricas que se recrean en la hermandad universal del deporte, creo que estos Juegos Olímpicos de la era global nos están sirviendo para escenificar el desigual desarrollo de los pueblos, con un grupo de blancos que bate récords por arriba, y con otro grupo de negros que bate marcas por abajo. Frente al puro espejismo de la unidad cultural que llama a todo el mundo a las canchas de Sydney, cada vez se hace más evidente la enorme diferencia que separa a los unos de los otros, como si la gozosa y opulenta libertad de las gentes del norte buscase afianzarse en contraposición con la miseria tiránica de la gente del Sur. Ya sé que hay algunas competiciones que están ampliamente dominadas por atletas de color. Pero ni siquiera esta circunstancia alcanza a borrar la desagradable sensación de una celebración hecha a la medida de los ricos, donde casi todo depende del dinero. Y de ahí que empiece a tener serias dudas sobre la necesidad y las virtudes de una competición olímpica que, pensada para despertar la unidad y la utopía de los pueblos, acabó por convertirse en un escaparate de los profundos desequilibrios que presenta la globalidad desgobernada. Por eso me parece oportuno destacar la paradójica proximidad de estos Juegos que, a pesar de celebrarse en las antípodas, refleja sin error mi propio mundo: lejos de las pateras, las guerras y el hambre; cerca de hospitales y escuelas; libre de miedos y tiranías. Cerca de Sydney, al otro extremo del globo, y muy lejos de Guinea, donde son tan cortas las piscinas.