ROBERTO L. BLANCO VALDÉS
26 sep 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Xosé Manuel Beiras tiene, probablemente, motivos para estar algo incomodado. También Nogueira. Ambos se consideran con derecho a que nadie les atribuya, ni atribuya por ellos a la coalición que representan, complacencia con la violencia terrorista. ¡El Bloque _proclaman irritados uno y otro_ condena con claridad el terrorismo y quien lo ponga en duda manipula a la ciudadanía burdamente! Tienen razón: desde los ya lejanos tiempos en que el Bloque decidió romper todas sus relaciones con Herri Batasuna _de la que el BNG llegó a aceptar apoyo externo en algunas elecciones_, aquél no ha dudado en condenar el terrorismo. Esto es tan cierto como lo es que sin ese giro histórico del nacionalismo gallego radical es posible que hoy tuviéramos que lamentar una situación de violencia independentista que el BNG estaba entonces, más que nadie, en condiciones de alentar o de frenar. Todo ello es verdad y negarlo no contribuye para nada, sino todo lo contrario, a aclarar los motivos por los que, pese a tales evidencias, la posición del BNG en relación con el problema de la violencia en Euskadi y en Navarra levanta fundadas suspicacias en la opinión pública gallega. Y es que por más que a Beiras y a Nogueira les moleste, tales suspicacias no se derivan _o no se derivan sólo, en todo caso_ de la manipulación de lo que dice o, más frecuentemente, de lo que no dice el BNG. Es la propia posición del BNG, su casi ciego seguidismo de la hoy indecente estrategia peneuvista, la que genera críticas políticas que son tan legítimas, al menos, como lo es el derecho del BNG a estar de acuerdo con quienes son percibidos actualmente por muchísimos gallegos como valedores de la causa, aunque no de los métodos, de ETA y sus compinches. Ahí es donde está el quid de la cuestión: no en que el BNG apoye la violencia terrorista _cosa que sólo se creen por aquí los malvados y los tontos_, sino en que su identificación casi total con la política del llamado nacionalismo vasco moderado lo fuerza constantemente a la adopción de decisiones que están muy lejos de lo que, seguro, considera razonable la sociedad a la que los nacionalistas gallegos se dirigen. Por ejemplo la de negarse a suscribir la primera condena europea de la barbarie terrorista, o la de empeñarse, tal como hace Beiras cada vez que rompe su silencio habitual, en repartir las culpas de esa barbarie entre quienes la sufren y entre quienes la provocan.