VUELVE EL HOMBRE

La Voz

OPINIÓN

ROBERTO L. BLANCO VALDÉS

23 sep 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

Ya está aquí. Tras más de cuatro años desaparecida, la sociedad civil ha resurgido de la noche a la mañana con la intención de ocupar su porción de un escenario, el de la vida política española, que _con la excepción del drama vasco_ llenaban hasta ahora partidos y políticos de oficio. Agricultores, pescadores, transportistas... trabajadores de las manos, de la espalda y de los pies, que nada saben de despachos con moqueta, asesores y desayunos de trabajo, acaban de entrar como una tromba en el discurso autocomplaciente del gobierno del PP, convencido hasta anteayer, como aquel Doctor Pangloss creado por Voltaire, maestro en metafísica teologocosmolonigológica, de que todo era perfecto. Pues, a lo que se ve, ¡no tan perfecto! Basta con que los dueños de parte del petróleo decidan subir hasta las nubes el precio del barril para que lo que se suponía fruto indiscutible del cálculo sapientísimo de Aznar y sus ministros económicos se vaya literalmente a hacer puñetas: el alza del crudo tira por los precios y el rebrote inflacionista eleva el coste del dinero, lo que genera a su vez más inflación, en un círculo vicioso que podría venir _¡Dios no lo quiera!_ a dar en una nueva recesión. Se observa entonces el maravilloso espectáculo de las legiones romanas maniobrando: todo lo que antes era mérito del cambio en la política económica, todo lo que resultaba consecuencia de los apoteósicos aciertos del Gobierno, todo lo que teníamos que agradecer a la estabilidad ferreamente controlada por el nuevo líder inmarcesible del país, por ese Aznar irrepetible en su inteligencia y en su olfato para acertar con las mejores soluciones a los problemas más enrevesados... pues, como por arte de birlibirloque, se transforma de modo repentino en factores externos que para nada dependen de la voluntad de este Gobierno, en datos estructurales que afectan por igual a todos los países, en las condiciones objetivas del mercado y de las relaciones económicas. Esa es, sin ningún género de dudas, la lección más efectiva _y más dolorosa_ de las crisis: la de sacar del sueño a todos los que se mecen a sí mismos, persuadidos, en el sopor de sus victorias, de que el éxito económico es el producto natural de sus aciertos y no el resultado combinado de docenas de equilibrios que uno apenas es capaz de controlar remotamente. Y es que con las crisis, como en aquel machista anuncio de colonia, vuelve el hombre.