XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
03 sep 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Dicen que las adelfas son tóxicas. Pero, dado que nadie las come, se cultivan y se venden con plena libertad. Algo distinto sucede con el tabaco, que, siendo también dañino, se consume a mansalva. Pero el hecho de estar legalizado lo protege de la distribución mafiosa y lo convierte en un producto ordinario. Y, por último, podríamos hablar de una serie de brebajes utilizados por antiguas tribus de África y Oceanía, cuya escasa demanda en el mundo occidental los relega a la condición de inocentes manifestaciones de identidad cultural. Si la hoja de coca tuviese un destino decorativo, como las adelfas, no sería problema. Si se consumiese legalmente, como el tabaco, sería sólo un problema de salud. Y si el consumo estuviese circunscrito a las tribus indias, que la masticaron toda la vida, a nadie se le ocurriría cuestionar su tradición. El problema de la coca es que reúne todos los elementos que la convierten en una bomba social sin precedentes: es dañina, está prohibida, se consume a mansalva y llega a los mercados a través de potentes mafias que, burlando las leyes, multiplican su beneficio de forma escandalosa. Y por eso puede decirse que el Plan Colombia tiene muchos errores de bulto: porque no frena ni reconduce la distribución de la coca; porque no afecta para nada a la demanda del producto; porque mantiene los elementos que favorecen el negocio mafioso, y porque no contempla la hipótesis de que la producción se traslade a otras zonas colaterales o radicalmente distintas. Así las cosas, vista la repetición de tan burdos errores, a nadie debe extrañarle que la operación auspiciada por Clinton sea interpretada como una simple tapadera para la reconstrucción militarista del Estado colombiano. Un plan que puede evitar la extensión de la guerrilla y favorecer la generación de nuevas élites políticas y económicas, pero que en modo alguno va a erradicar las mafias internacionales que ponen la cocaína en el mercado americano. Es posible, sin embargo, que este objetivo de fondo también esté justificado. Pero es un craso error limitarlo a Colombia, ponerle acento militar, y solaparlo bajo una operación que, además de estar condenada al fracaso, pone al descubierto las negras complicidades que amparan el mercado de estupefacientes. Porque la realidad es así de dura: por muchas operaciones Ostra que se lleven a cabo, ningún cocainómano queda desabastecido. Sólo tiene que pagar un poco más por algo que vale lo mismo.