ROBERTO L. BLANCO VALDÉS
11 ago 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Es suficiente con cruzar Galicia de norte a sur y de este a oeste para comprobar que el urbanismo no está, precisamente, entre las prioridades de la inmensa mayoría de nuestros políticos locales. De hecho, el desastre urbanístico tiene aquí proporciones gigantescas: el deterioro brutal del medio ambiente y del paisaje, la destrucción sistemática de los cascos históricos urbanos, el crecimiento desordenado de los ensanches más modernos, la ausencia de la disciplina más elemental en los asentamientos de población diseminada... todo produce una impresión de que en Galicia, salvo en casos muy contados, la ley urbanística imperante es la de la especulación, es decir, la de la selva. Esa impresión, que lesiona hasta dañarlos los ojos de quien ve con ellos algo más que solares urbanizables y volúmenes de edificabilidad, acaba de ser confirmada por este diario de forma apabullante: de los 315 ayuntamientos de Galicia, tan sólo 25 han aprobado una normativa propia sobre suelo. Excepto estos, y otros tantos que disponían ya de planes antes de la aprobación de la vigente Ley del Suelo, los restantes, o bien se rigen por normas subsidiarias, o bien carecen de cualquier normativa en la materia. Sin duda, tan increíble situación es explicable por razones económicas y técnicas: la planificación municipal, sobre ser cara, es lenta y problemática, lo que disuade a muchos alcaldes de meterse en un dibujo que terminará por reducir su margen de discrecionalidad en materias urbanísticas. Pero no es eso únicamente: pues ese margen, que permite a los alcaldes hacer mangas y capirotes y a sus votantes hacer lo que les peta, es el que se quiere proteger al no asumir una planificación que disciplina legalmente parte de lo que hoy depende de la voluntad de quien ha de pedir periódicamente el apoyo a sus vecinos. Hace muchos años, y en la que acabó siendo mi primera conspiración política digna de tal nombre, oí decir a un político de la Alianza Popular de aquella época algo que no he olvidado desde entonces. Pontificaba yo desde la imprudencia y la fatuidad propia de quien tiene pocos años sobre los sistemas de propaganda electoral, cuando el político de AP me corrigió casi a bocajarro: «Mira, o método de propajanda máis sejuro é o voto na man». He ahí la esencia misma de la inexistencia de planes urbanísticos: sólo así puede practicarse ese infalible método de propajanda máis sejuro.