LA LUEDA DE ATLÁS PIELDE...

La Voz

OPINIÓN

ROBERTO L. BLANCO VALDÉS

06 ago 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

Al presidente de la Xunta, Manuel Fraga, le ha sucedido con los que fueron en su día jóvenes valores del Partido Popular lo mismo que a las ruedas del vehículo de aquel chiste viejísimo del chino que un conductor recogía un día en autoestop. Tras muchos años mandando como pocos, ahora resulta que el presidente influye bastante menos de lo que creen los cientos de miles de gallegos que le votan convencidos de que su voluntad es sencillamente irresistible, tanto aquí como en Madrid. No es ésa, sin embargo, la percepción de los mil altos directivos del mundo empresarial que desde hace casi veinte años seleccionan para Actualidad Económica a los cien españoles más influyentes del momento. En el 2000, Manuel Fraga ocupa tan sólo el puesto 32, muy por debajo del gallego del PP mejor clasificado _Mariano Rajoy, vicepresidente primero del Gobierno, que ocupa el puesto décimo_ y por debajo, en todo caso, de otros líderes políticos _Chaves (16), Arzalluz (17) o Bono (20)_ o de otras figuras del momento, como el jugador de fútbol Raúl González, que se encuentra justo encima _¡es un decir!_ del presidente del Partido Popular. Aunque a la legión de cobistas que cercan a diario a Manuel Fraga tal ránking les parecerá una infamia intolerable, lo cierto es que ese resultado casa perfectamente con la lógica: por un lado, el vilalbés no es ya, como fue en tiempos, el único referente de poder de un partido situado en la oposición parlamentaria, sino nada más que el presidente de una comunidad de peso político y demográfico mediano, en un partido que controla el Gobierno del Estado, varios gobiernos autonómicos y algunos de los más importantes municipios del país. Pero es que, además, por otro lado, Manuel Fraga es, por edad y procedencia, un hombre en gran medida del pasado, frente a los jóvenes dirigentes del PP que, como Rajoy, hoy parecen tener todo el futuro por delante. No merece la pena, por eso, darle muchas vueltas al asunto. El chino del chiste que con toda seguridad usted conoce, se lo explicaba muy bien al conductor que le había recogido, cuando aquél, harto ya de oírle repetir machaconamente su advertencia _«la lueda de atlás pielde»_ y harto ya de comprobar, una y otra vez, que las ruedas traseras de su coche mantenían perfectamente la presión, exigió concluyentemente al pasajero que explicase su incomprensible cantinela: «La lueda de atlás pielde, la de delante gana», dijo, sin inmutarse, el oriental. ¡Pues eso es!